viernes, 28 de octubre de 2011

Cap.2 Flechas y lanzas

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Flechas y lanzas

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sa noche lo despertaron unos gritos que provenían de exterior, unos desesperados gritos que inspiraban dolor y angustia. Al principio el joven elfo pensó que sería alguna otra pesada broma de Ben y medio dormido y vencido por el sueño y la fatiga decidió no hacer caso. Pero se le heló la sangre cuando sus aguzados oídos de elfo escucharon muchos más de ellos. Eran diferentes voces. De hombres mujeres y niños. Todas ellas voces conocidas. De un salto se levantó de su humilde cama de paja e incorporándose con ojos curiosos observó desde la redonda ventana del desván para ver qué era lo que estaba sucediendo.
   Se quedó horrorizado al ver aquella escena, había fuego por todas partes, la mayoría de las casas hechas de madera ardían levantando humo negro. Había guardias, campesinos y ganado muertos por todos los lados. Algunos de los cuerpos tenían unas flechas negras clavadas en sus cuerpos mientras que otros de los cuerpos estaban mutilados como si los hubieran ejecutado. El ganado superviviente corría de un lado a otro.
   Un hombre con una herida en la cabeza corría desesperadamente para salvar su vida. Aunque todo estaba oscuro Khiel lo reconoció al instante gracias a la luz de las llamas. Era el posadero de la aldea, al mismo que le compró las dos hogazas de pan. Y ahora, ese mismo hombre desesperado corría para salvar su vida, mientras que un jinete encapuchado le iba persiguiendo por detrás con un caballo negro. El jinete de vestiduras tan oscuras como la propia noche alzó su lanza y le atravesó con ella. El arma se le insertó por los omóplatos del aldeano. El golpe fue tan certero y furtivo que la lanza le atravesó el cuerpo. El elfo pudo ver claramente como la punta del arma  le salía por el pecho provocando que el cadáver de aquel pobre desgraciado cayera al suelo y el corcel negro lo pisoteara como si fuera una vulgar alimaña.
   Khiel no tenía ni idea de quién era toda esa gente ni a que habían venido a hacer, pero una cosa estaba clara, su vida corría peligro, tenía que salir de ahí cuanto antes y esconderse en el sotobosque cercano a su pueblo. Cogió su libro y lo metió en un ajado macuto hecho de una tela gris. A continuación se vistió rápidamente y después corrió a la biblioteca para armarse con aquella espada con la que tanto le gustaba jugar, tal vez la necesitaría para defenderse. Pero tampoco le serviría de mucho. Solo era un adorno y además la hoja del arma ni siquiera estaba afilada.
   Bajó todo lo deprisa que pudo por las escaleras, pero con las prisas y la tensión no miró donde pisaba, tropezó y cayó con torpeza rodando por aquellos peldaños de madera cubiertos por un manto de terciopelo color latón. El muchacho cayó de bruces contra el suelo, después se sentó para mirarse la herida que se había hecho en la rodilla. Solo era una herida superficial. No era nada grave aunque sangraba demasiado.
   De pronto Tomas apareció en pijama lanzando una mirada de arrogancia y desprecio a Khiel, pero lo ignoró por completo y fue a abrir la puerta cegado por la curiosidad, justo en ese momento, en el instante que sus rechonchas y sus sudorosas manos tocaron el picaporte de la puerta para abrirla, una figura echó la puerta abajo de una patada y lo degolló con la punta de una espada. Tomas murió al instante, cayó al suelo de costado mientras teñía de rojo la alfombra con la sangre que le manaba del cuello.
   Khiel se quedó petrificado al ver aquella escena, pero Ben, que también vio lo sucedido en el momento que salía de la cocina con un trozo de chorizo y otro de queso. Dio un grito y corrió llorando hacia la puerta trasera aún con la comida en sus manos, pero aquel individuo de vestiduras negras y el rostro oculto bajo una capucha, le disparó con una ballesta. La saeta le entró por la nuca y le salió por el cuello. El cuerpo fondón de Ben se estrelló de frente por la trayectoria en la que iba. Fue un disparo preciso.
   En ese momento Khiel se levantó de un salto y corrió en la misma dirección que intentó huir Ben pero otros dos encapuchados con atuendos negros y armaduras de cuero negro se le aparecieron de frente. Habían entrado por la puerta trasera. Tuvo que frenar de golpe porque si no se estrellaría contra ellos. El frenar tan repentinamente hizo que resbalara y cayera de espaldas contra el suelo.
   Los dos incursores que estaban en frente desenvainaron sus espadas, y uno de ellos extendió el brazo para cogerlo, pero Khiel gateó de espaldas hacia atrás, se levantó de un salto y subió por las escaleras mientras sus perseguidores le pisaban los talones. No paró hasta llegar al balcón de la biblioteca. Ahí observó que había una altura de tres metros, pero nada más asomarse le entró el pánico porque tenía miedo a las alturas.
   Desde lo alto del balcón vio como una anciana yacía tirada en el suelo. Suplicando por su vida. Pero su  agresor no se apiadó de ella y le clavó la espada en la clavícula penetrando en su frágil cuerpo. El asesino no paraba de reír. Khiel conocía a aquella anciana. Conocía a todos los de la aldea. Eran las únicas personas que se había codeado, ya que nunca abandonó la aldea. Y los estaban matando a todos como si fueran unas vulgares alimañas.
   No tardaron en dar con él, los tres asesinos ya estaban a su frente con las armas desenvainadas, eran muy altos y Khiel pudo distinguir en sus ojos color fucsia que inspiraban una mirada fría y aterradora dominada por el odio.
   No se lo pensó dos veces, no quería acabar como el posadero o aquella pobre anciana, venció el miedo a su vértigo y saltó por el balcón aterrizando sobre un seto, una de las ramas se le clavó en el muslo izquierdo y le hizo una herida con una profundidad de casi dos centímetros, ni siquiera se dio cuenta, aun teniendo miedo a las alturas prefería arriesgarse a saltar desde esa altura a enfrentarse a aquella gente.
   Desde aquel lugar pudo escuchar los numerosos gritos de los caballos del establo. Supo en ese momento que estaban en peligro. Pudo  distinguir como el humo manaba desde su lugar de origen.
   Corrió en aquella dirección esforzándose por no mirar en los cadáveres que estaban a su paso, algunos de ellos incluso eran niños.
   Cuando sus ojos vieron el establo observaron que las llamas se estaban apoderando de aquel lugar. Se introdujo por aquel humo y mientras que tosía abrió sus puertas. En cuanto los animales vieron la salida echaron a correr.
   Una vez asegurado de que todo ellos habían escapado, Siguió su curso lo más rápido que pudo en dirección al sotobosque, pero de pronto un jinete con ropajes oscuros se le apareció enfrente. El caballo negro relinchó con furia y clavó a Khiel una mirada tan aterradora como la que tenía su montador. El caballo babeaba espuma de su boca como si fuera una bestia carnívora.
   Jamás en su vida había visto a un caballo reaccionar de esa  manera, durante muchos años había cuidado los caballos de Tomas, les había alimentado, cepillado e incluso limpiaba sus establos, pero al elfo se le erizó los pelos de la nuca al ver la ferocidad con la que reaccionaba aquel animal, era como si esa gente les hubieran enseñado a odiar.
   El jinete alzó un látigo negro y de un solo movimiento atrapó al muchacho por el cuello, conduciendo a su montura comenzó a arrastrarlo por el suelo rasgando su ropa y haciéndole heridas en la piel, Khiel luchaba por respirar y liberase, pero le resultaba imposible.
   Tres flechas con un plumaje tan blanco como el alabastro se le clavaron en el pecho. El jinete dejó caer el látigo y después su cuerpo sin vida se desplomó contra el suelo.
   Se quedó impresionado, pensó que Ivermon habría enviado a sus soldados a proteger la aldea pero al volverse se llevó una gran sorpresa. Sus salvadores eran elfos como él. Altos, con atuendos blancos, rubios cabellos y cuerpos esbeltos.
   Un grupo de lanceros de los invasores cargaron contra los arqueros que le habían salvado la vida. Estos no llevaban la cara cubierta, tenían armaduras negras, sus cabellos eran de color negro y su piel era algo más pálida. Pero también eran elfos, aunque con algunas diferencias. A uno de los arqueros le atravesaron el cuello con una de las lanzas, al otro le asestaron un tajo en el vientre y al y último solo le clavaron en la pierna con una de las lanzas.
   Khiel se quedó asombrado, era la primera vez que veía a gente como él pero en la situación que estaba no sabía lo que tenía que hacer, tenía ganas de ayudar a aquellos que le habían salvado y preguntarles si sabrían algo de su pasado, quien era y de donde venía, podrían ayudarlo a aclarar muchas de las dudas que tenía. Pero… ¿Qué hacían allí? Su reino se encontraba muy lejos.
   El chico desenvainó la espada que había cogido de la biblioteca y tembloroso como una asustadiza liebre se dispuso a ayudarlos. Uno de los tres arqueros estaba muerto, el otro estaba mal herido y el último al que le clavaron la lanza en la pierna estaba debajo del cuerpo de su compañero con un cuchillo en la mano. Se dirigió con las manos temblorosas a socorrerlos pero de pronto otros cinco lanceros se acercaron a ayudar a exterminar a los arqueros que quedaban.
   En ese momento Khiel se acobardó y se quedó paralizado por el pánico, jamás en su vida había visto tanta sangre, nunca había visto como asesinaban a alguien a sangre fría. No había más que gritos de horror acompañados de desesperación, combates y masacre. Las granjas ardían por doquier, la sangre derramada de los caídos teñía la hierba de rojo y la gente gritaba de miedo, muchos habían muerto. Sintió una gran pena por aquellos dos hombres que luchaban por sobrevivir.
   Pero de pronto un guerrero con una reluciente armadura tan verde como sus ojos y  armado con una espada y una daga con la hoja curvada saltó y asestó con una finta sucesivos tajos a los lanceros, mató a tres de ellos en pocos segundos y a los demás les sacaba ventaja con gran facilidad. Aquel elfo llevaba el pelo largo como los demás, pero este tenía una enorme cicatriz en la cara, una cicatriz que uno jamás habría olvidado, aquella marca vertical comenzaba desde su frente hasta acabar casi en su barbilla, su ojo se habría salvado por muy poco el día en el que le hicieron aquella herida.
   Los ojos verde esmeralda de Khiel lo observaron elfo con gran asombro y admiración. Alababa la manera en que luchaba, otros elfos con armaduras relucientes y lanzas blancas se unieron a él para ayudarlo, en poco tiempo acabaron con aquellos incursores.
   Pero una veintena de las fuerzas invasoras cargaron contra Khiel pasando de largo de aquel soldado de armadura verde y los demás guerreros.
   El guerrero de la armadura verde le sorprendió que lo hubieran pasado por alto, era alguien muy odiado por aquellos oscuros incursores, incluso ofrecían una gran recompensa por su cabeza, pero enseguida comprendió porqué, vio al chico, lo reconoció nada más verlo y se quedó boquiabierto. Los rumores de que un alto elfo fue encontrado y criado con los humanos eran ciertos. Por fin encontró a la persona que buscaba, pero el enemigo también lo encontró.
   Khiel no comprendía nada. Al ver a los asaltantes cargar hacia él echó a correr presa del pánico sin mirar atrás.
   El elfo de la cicatriz cargó con sus soldados contra los atacantes de Khiel tratando de hacer todo lo posible para que no cogieran al chico.
   El joven muchacho corrió y corrió en dirección al sotobosque aún con su espada en la mano, no miró atrás, ni si quiera cuando la saeta de una ballesta le pasó susurrándole en los oídos como si fuera el siseo de una serpiente que estuviera a punto de picarle, le rozó la mejilla haciéndole un pequeño corte en ella.

 Cuando el misterioso guerrero de la armadura verde acabó con los asaltantes perdió de vista a Khiel, había desaparecido en el sotobosque. Había fracasado en su misión de traerlo de vuelta, pero también había evitado que el enemigo se lo llevara.

Cap.1 Noche sin luna

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Noche sin luna

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ra una noche sin luna de principios de la primavera, una noche como cualquier otra. Tranquila silenciosa y sin nada que pudiera llamarle a uno la atención. Era una noche corriente en una aldea de Ivermon. Uno de los cuatro reinos de los hombres. Aquella aldea se llamaba Sacua. Era un lugar tan tranquilo y remoto que muy pocos se habrían molestado siquiera en recordar.
   Pero aquel lugar albergaba a alguien muy especial. Un muchacho que no pertenecía a ninguno de los reinos de los hombres, era un elfo que destacaba entre todos los humanos con los que se había criado. El mismo se hacía llamar Khiel.
   Gozaba de tener casi dieciséis años. Tenía un descuidado cabello rubio que le llegaba hasta los hombros y unos asustadizos ojos color verde esmeralda. Eran unos ojos tan hermosos que de no ser por la mala reputación de los elfos en el reino de los humanos, muchas mujeres caerían cautivadas bajo su influjo. Eran unos ojos propios de los de su raza, ya que la mayoría de ellos eran de un color azul o verde. Era de baja estatura para su edad y para su raza. Los elfos solían ser más altos que  la mayoría de los humanos. Tenía la piel blanca y un delgado cuerpo. Vestía un sencillo atuendo de viejas telas y un pantalón que le llegaba hasta la mitad de sus espinillas.
   En aquella noche cruzaba a pie la pequeña aldea. Le habían ordenado dirigirse a la posada para comprar dos hogazas de pan. En una de sus manos sujetaba con fuerza veinte iderios de cobre. Temía que si no los cogía con fuerza pudiera perderlos y el señor Algred se pesase por ello.
   Los iderios o monedas estatales era el dinero que se utilizaba en Ivermon. Seguían siguiendo su orden jerárquico, las monedas de hierro eran las menos valiosas. Las de cobre estaban en el siguiente peldaño. En segundo lugar estaban las monedas de plata y por último, las de oro eran las más valoradas.
   Pasó por delante del viejo pozo y más tarde cruzó por delante de la herrería. Estaba cerrada, pero pudo apreciar la luz que desprendían las brasas de la fragua, incluso escuchó al herrero golpear con su martillo sobre un pesado yunque. En los lugares como Sacua los herreros no necesitaban forjar hachas ni espadas para la guerra. Se limitaban a fabricar herraduras, herramientas para la agricultura,  bisagras y clavos entre otras cosas.
   La luz de la posada traspasaba las ventanas y unas voces de su interior escapaban hasta sus oídos. Unos ganchos sujetaban su letrero mientras que este chirriaba con el menor índice de viento. No era un lugar muy grande, pero era lo suficientemente acogedor como para dar de comer y beber a unas veinte personas.
   Khiel empujó con suavidad la puerta y entró con la cabeza agachada hasta su interior. Como si temiera cruzar la mirada con alguien de dentro. La luz de la chimenea y las velas hacían que ese lugar fuera cálido. Varios trofeos de caza decoraban las paredes y el piso de arriba albergaba dormitorios para los cansados viajeros. Muchos lugareños encontraban entretenimiento en aquel lugar jugando a cartas o contando historias. Los bardos no se molestaban en viajar a lugares tan pequeños y apartados, ya que no les saldría muy rentable prestar sus servicios en lugares tan deshabitados. Se les solía ver mucho por las ciudades más habitadas. La única música que se pudiera escuchar en un lugar como ese era la de lugareños borrachos cantando viejas canciones.
   — Así es como llegaron, en rocas de fuego que llovieron del cielo —dijo un anciano que estaba sentado sobre una de las mesas.
   En una mano sujetaba una jarra de cerveza. Solo bebía de ella cuando dejaba de hablar.
   — Pues hay quién dice que son los hijos de las estrellas y otros dicen que llegaron del corazón de fuego de nuestro mundo —dijo su compañero. Este era un hombre de rostro placentero debido a la cantidad de cerveza que se había tomado.
   Khiel se acercó hasta la barra y afinó el oído para escuchar mejor aquella conversación. Le encantaban las historias. Sobre todo si trataban de dragones, la cual, estaba escuchando en ese preciso momento.
   — Decían que cuando batían sus alas podían arrancar los árboles de cuajo y que con su fuego podían arrasar aldeas, ciudades y acabar con grandes ejércitos —dijo el anciano.
   — El último de ellos murió hace más de cien años. Sus huesos se exhiben en el museo de la capital. Conocí a un mercader que lo vio con sus propios ojos. Dijo que era inmenso —declaró aquel lugareño con emoción.
   De pronto ambos se percataron de la presencia de Khiel. Ninguno de ellos se había captado su presencia. Nadie lo vio aproximarse hasta pasado un tiempo. Ni siquiera sabían durante cuánto tiempo estuvo escuchando aquella conversación. Ambos lo miraron con desprecio y arrogancia.
   — ¿Se te ha perdido algo elfo? —preguntó uno de ellos con una tonalidad arisca.
   El muchacho aportó enseguida la mirada y se centró en el mostrador de la posada. El dueño de aquel recinto acababa de servir dos pintas a dos hombres que estaban situados en el otro extremo. Posteriormente se aproximó rápidamente hasta Khiel.
   El elfo dejó las monedas con cuidado, he hizo tres montoncitos con ellas ordenándolas según su valor. Después dirigió su mirada a aquel hombre.
   — Ponme dos hogazas de pan por favor —le dijo con humildad.
   El posadero lo miró con desprecio, pero seguidamente cogió las hogazas de pan recién horneadas y las dejó sobre el mostrador. Aunque de dejar que el muchacho siquiera las tocara, las contó una y otra vez para asegurarse de que estaba todo el dinero. Temía que intentase engañarle. Cuando verificó que todo estaba en orden arrastró las monedas hasta su otra mano y las guardó en una de sus bolsitas.
   — Ya tienes lo que  querías. Ahora largo —le dijo  con desprecio.
   Khiel se dio la vuelta y se marchó de aquel lugar. Había cruzado la aldea. Pero ahora le quedaba lo más difícil. Tenía que ir a un corral a por unos cuantos huevos para poder contentar así al hombre que tanto repudiaba.
   La hierba de las verdes praderas le llegaba casi a la altura de las rodillas y los búhos hacían sonar una melodía primaveral.
   El elfo andaba a paso ligero, estaba nervioso porque en aquel entonces tenía miedo a la oscuridad y quería recoger los dichosos huevos para marcharse cuanto antes. No aguantaba estar solo en medio de la oscuridad, la única luz que tenía era la de las estrellas y la del  pequeño farol de latón que había cogido del desván de la finca en donde vivía y trabajaba.
   Le costó mucho atravesar el campo de hierba, en el cual, por las mañanas soltaba a las vacas para que pastaran con libertad. El suelo estaba húmedo ya que había llovido a intervalos durante el día. La hierba mojada, empapaba y humedecía sus pies, que únicamente estaban protegidos por unos viejos y agujereados zapatos de cuero barato. Aquella oscura y silenciosa travesía fue corta. Pero se le hizo eterna ya que estaba muerto de miedo.
   Llegó a su lugar de destino, el corral no era muy grande y estaba fabricado de vieja madera de abeto. Con manos temblorosas, sacó una llave oxidada de latón de su bolsillo del tamaño de su mano y la introdujo en el cerrojo de la puerta. Al girar la llave, la vieja puerta de madera sin barnizar se abrió haciendo un ruido seco.
   Khiel se refugió en aquel lugar y cerró la puerta de golpe. Suspiró con intensidad, se sentía seguro hay dentro, alzó la mano con el farol lo más alto que  pudo  para iluminar toda la estancia. Era un lugar oscuro y viejo. El suelo estaba lleno de paja, en la pared solo había un tridente y una vieja pala acompañados de un viejo arcón lleno de viejas herramientas y un saco de maíz medio lleno.
   Pero de pronto, un gallo que estaba dentro del corral dio un gran salto y acometió al elfo con agresividad propinándole varios picotazos en la cabeza y arañándole con las afiladas uñas de sus patas. El elfo se llevó un gran susto y a consecuencia sus manos dejaron caer las hogazas de pan y el farol. Las hogazas rodaron en la dura superficie, los cristales del farol en cambio se rompieron en mil pedazos haciendo que su llama se desperdigara, provocando que la paja que estaba esparcida por el suelo comenzara a arder.
   El ave no había dejado de atacar a su desprevenida víctima. Lo hacía con ferocidad aleteando fuertemente con sus alas y sin parar de darle picotazos en la cabeza, despeinando su rubio cabello, el elfo y el animal mantenían una intensa lucha, enzarzados en una patética pelea por demostrar quién de los dos se declaraba vencedor.
   Era un gallo de pelea que se utilizaba en las fiestas de Sacua. El animal era invicto con más de diecisiete victorias en menos de un año. Eran como el agua y el aceite. Cada vez que Khiel iba al corral a dar de comer a las gallinas, el gallo lo atacaba con ferocidad, como si para él, un indeseado inquilino se tratase.
   Finalmente consiguió atrapar al gallo por sus patas y lo metió dentro de un armario que tenía la puerta abierta. Una vez que el animal estuvo dentro, el elfo cerró la puerta de golpe.
   Aún se le podía escuchar picoteando y arañando la vieja puerta de madera.
   <<El gallo Picoafilado. Mi archienemigo>>— pensó el elfo mientras que se tocaba las heridas que le había hecho sobre su cuello.
   Para cuando Khiel se percató de fuego ya era tarde, la paja ardía cada vez  más deprisa y si no hacía algo pronto terminaría por quemar todo el corral.
   Cogió una manta blanca que estaba colgada sobre un perchero en la pared y terminó apaciguando las llamas echando la manta encima.
   Había roto el farol y había quemado parte del corral, parte de las paredes se habían quedado negras además de la blanca manta que había utilizado para extinguir el fuego; y por si no fuera poco ahora tendría que aguantar los tormentos de Algred.
   El corral estaba lleno de gallinas, permanecían inquietas por aquel incidente, solo esperó que el estrés que les había ocasionado no les afectase en absoluto. Cada vez que algo iba mal en la finca lo relacionaban con él culpándolo de todos los males que ocurrían. Incluso algunas veces se llevaba algunos azotes.
   Recogió de uno en uno los huevos hasta llegar a una docena y los metió en una bolsa de tela que había traído. Salió del corral y cerró la puerta con la llave. Ahora tenía que enfrentarse a la oscuridad solamente con la luz de las estrellas.
   Asustado observó a su alrededor, las estrellas iluminaban las verdes praderas llenas de granjas, de vez en cuando se escuchaban a las ovejas o los ladridos de algún perro, pero lo que de verdad le sorprendió al chico fue un búho que estaba erguido y atento sobre la rama de un manzano. Lo observaba con atención moviendo la cabeza de un lado hacia otro. Ululando una y otra vez, sus ojos eran negros y espeluznantes.
   El elfo miró al ave rapaz durante un momento e intercambiaron miradas, pero enseguida le esquivó la mirada, tenía miedo de esos brillantes ojos que se distinguían en la oscuridad.
   El elfo tembloroso, miró al frente, la finca echaba humo por la chimenea y daba la sensación de que el viento arrastraba consigo el olor a panceta y crujientes aros de cebolla que provenía de la casa. Eso significaba que ya estaban preparando la  cena, y se podía apreciar la luz de las ventanas.
   No había más de cien metros entre el corral y la finca, tenía ganas de ir corriendo sin echar la vista atrás pero correría el riesgo de que se rompieran alguno de los huevos si tropezaba o si movía demasiado la bolsa de tela. Respiró profundamente —puedo hacerlo, la finca está muy cerca— pensó el joven muchacho.
   Khiel avanzaba rápidamente, a grandes zancadas pero sin correr, mirando de frente y sin detenerse. Pero de pronto escuchó un sonido y se detuvo a mitad de camino. Al  principio pensó que sería alguna liebre o alguna marmota. O tal vez un hambriento lobo... el muchacho empezó a ponerse nervioso y decidió reanudar su marcha, pero se detuvo de nuevo en cuanto escuchó unos susurros y murmullos con una ronca voz.
   — Q... qui... ¿quién anda hay? —se aventuró decir con una temblorosa voz.
   No hubo respuesta durante unos segundos, pero después la misma voz ronca le contestó.
   — Un espectro... que busca saciar su hambre con las almas de los inocentes.
   De pronto una figura cubierta por una manta gris apareció por un matorral y extendió sus brazos dirigiéndose al elfo. Llevaba puesta una andrajosa máscara de tela gris. El lugar donde ocupaba la cara estaba fabricado a partir de un cuero maltrecho y su nariz era larga y puntiaguda con la forma de la hoja de una guadaña. Sus ojos eran unas lentes de cristal.
   Khiel se llevó tal asombro que se le salieron los ojos de las órbitas, su rostro palideció de repente, dio un grito y salió corriendo tan rápido como un rayo sin atreverse a mirar detrás, pero de pronto tropezó con la rama de un árbol y a consecuencia cayó encima de los huevos aplastándolos con el torso. Los había hecho añicos y las hogazas de pan se empaparon con sus espeso y pegajoso líquido. No se había salvado ninguno, ni uno solo, y además se había ensuciado todo su atuendo, ese misma mañana lo había lavado, aunque en ese instante no le importó nada en absoluto, solo quería salir de ese aprieto y estar a salvo.
   El elfo volvió a levantarse y siguió corriendo abandonando la bolsa con los huevos rotos y las hogazas de pan empapadas.
   Al llegar a la finca Khiel abrió su puerta de un fuerte empujón, y al entrar dentro en mitad de balbuceos dijo:
   — ¡Un fantasma! ¡He visto un fantasma en el matorral!
   El señor Tomas Algred estaba sentado en una silla de madera de roble frente a su escritorio, estaba esperando a que le sirvieran la cena, saboreaba una copa de buen vino mientras escribía unas anotaciones con una pluma de buitre.
   El señor Tomas Algred era un hombre alto y casi calvo, con pelo gris y ojos tan oscuros como la noche. Vestía una túnica de seda de color verde olivo traído desde la otra punta del reino. Ni siquiera miró al muchacho  cuando entro a voces. Se limitó a terminar de escribir sus anotaciones y después le clavó su inquisitiva mirada.
   — Deja de decir tonterías, ¿has traído le que te he pedido? ¡Estoy hambriento!
   El señor Algred era un rico mercader nacido en Ciudad Plateada, capital de Ivermon, había ganado tanto dinero en su oficio que decidió instalarse en Sacua. Era el hombre más rico de la aldea y su familia era el centro de atención de todos los lugareños.
   — ¡No estoy bromeando! ¡Lo he visto con mis propios ojos! —exclamaba el elfo aún alarmado y con la palidez presente ante su piel.
   Tomas miró a Khiel con desprecio y poco después le lanzó la copa de vino. El cristal se estrelló contra el suelo haciéndose añicos y salpicando el caro vino en la alfombra color canela que había en el suelo.
   — ¡Escoria elfa! ¡Eres un cobarde al igual que tu maldita raza! ¡Ni siquiera los tuyos te querían por eso te abandonaron! ¡Mírate! Solo hay que ver a tu asqueroso atuendo para darse cuenta de que te has tirado encima. ¡Está sucio al igual que tu sangre! —Tomas se levantó y se dirigió a grandes zancadas hacia Khiel hecho una furia, alzó la mano y le dio una fuerte bofetada en la cara. Poco después Ben Tomas, entraba a carcajadas con un viejo disfraz entra sus brazos, era el hijo fondón, arrogante y estúpido de Tomas.
   Ben era un joven de dieciocho años, su estupidez y su gordura no eran sus únicos defectos, su piel era rosada y tenía una nariz parecida a la de un cerdo, cada vez que reía por alguna de sus pesadas bromas que le hacía a Khiel siempre gruñía como un cerdo, a diferencia de su padre no era más que un ignorante. Un hijo mimado que le hacía la vida imposible a Khiel.
   Algunas veces era incluso peor que su padre. En una ocasión él y sus amigos le propinaron un fuerte empujón y le echaron a las heces de los cerdos de la granja. En otras ocasiones tenía la costumbre de meterle ortigas en la cama. Siempre. Durante todos los días de su vida lo humillaba. Incluso en ocasiones le orinaba en la comida o mientras dormía.
   — ¡Eres estúpido, estúpido, estúpido! —se burlaba Ben a carcajadas y gruñendo como un cerdo mientras que se le movía la nariz como la de un cochinillo.

   Khiel se había criado con los humanos, no sabía lo que era una familia, lo único que sabía era lo que Tomas le había dicho: que fue abandonado a orillas de un río y que ni siquiera los suyos lo querían, el jamás se lo había creído. Los humanos despreciaban a los elfos, por eso en Sacua lo trataban tan mal, aunque no sabía por qué era así, en ningún libro de la biblioteca de la finca constaba porque los seres humanos desconfiaban tanto de los elfos, pero si supo por uno de los libros de historia que hacia menos de dos décadas que los iverotanos (los humanos de Ivermon) y los altos elfos fueron grandes aliados.
   Esa noche Khiel se quedó sin cenar por culpa de la estúpida broma de Ben. Descansaba en el desván, mientras que fruto del hambre le rugía el estómago. Descansaba en una improvisada cama de paja mientras leía con la ayuda de la poca luz de una vela un arrugado libro de un héroe épico: Khiel el defensor. Le gustaba tanto el personaje de esa novela que se puso así mismo el apodo del protagonista del libro. Dicho de una manera, a Khiel le encantaba Khiel, un héroe épico, un semielfo, mitad elfo, mitad humano, que vivió grandes aventuras, para los humanos era elfo y para los elfos era humano, un ser rechazado por ambas razas por ser diferente a los demás y que a lo largo de sus aventuras se abría camino haciendo heroicidades para ser respetado por ambas razas. El joven elfo se sentía identificado con él de alguna manera, porque ambos tenían el mismo propósito: ser respetado.
   Khiel se puso el nombre de su propio héroe porque jamás tuvo uno propio. Incluso un bastardo podría aspirar a algo más. La familia de Tomas lo encontró inconsciente a orillas de un río sujeto a un tronco de un árbol y de la única manera que lo llamaban eran cosas como: escoria. Lo adoptaron y lo criaron como a un sirviente más de la hacienda. No sabía nada de su pasado, ni quienes eran sus padres ni cuáles eran sus verdaderos orígenes. Siempre le habría gustado saber quién era realmente.
   Ya se había leído el libro unas cuantas veces, a diferencia de Ben, Khiel era muy inteligente, aprendió a leer el solo, aprovechaba en limpiar la biblioteca en los momentos en que los profesores trataban de enseñar inútilmente al bruto de Ben, aprovechaba esos momentos para aprender todo lo posible, afinaba sus puntiagudos oídos de elfo y recopilaba toda la información posible para luego ir sigilosamente a las noches y aplicar los conocimientos aprendidos en los libros. Le encantaba pasar los ratos en la biblioteca leyendo libros de historia y novelas de fantasía. La biblioteca era el lugar que más le gustaba de la hacienda, se había leído todos los libros y tomos que aquella olvidada biblioteca pudiera gozar y cada vez que Tomas traía un nuevo libro, Khiel esperaba con impaciencia a que llegara la noche para poder leerlo.
   Siempre soñó con vivir alguna aventura como las que había leído en los libros de la biblioteca. Algunas veces observaba con admiración a los guardias de la aldea como patrullaban las calles o venían soldados del reino a reclutar nuevos hombres para la gran guerra que se estaba librando en ese momento contra los orcos. Algunas de las noches en las que se escabullía para acceder a la biblioteca, jugueteaba con una espada que estaba expuesta en una de las estanterías. Imaginaba que mataba a gigantes, derrotaba a dragones y rescataba a doncellas de castillos encantados custodiados por muertos vivientes. También batallaba contra orcos. Jamás había visto a una de esas criaturas. Se decía que eran unas enormes bestias con la piel verde, enorme y desproporcionada mandíbula la cual tenía grandes y afilados colmillos amarillentos y unos ojos rojizos.

   Después de leer varias páginas de aquel viejo y arrugado libro dio un largo bostezo, estiró las piernas, apagó la poca luz que le podía ofrecer la vela y se tumbó en la cama. Tenía que pensar lo que iba hacer al día siguiente: Limpiar la casa, cepillar a los caballos, dar de comer a los cerdos, ordeñar las vacas, recoger el maíz...  le esperaba un día muy duro, y estaba muy preocupado por como tendría que arreglar el incidente del corral, pero ya era en vano tener que preocuparse de aquellas duras tareas, jamás le volvería a preocupar de todo eso, porque lo que le iba a pasar al día siguiente lo recordaría para el resto de su vida.