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Flechas
y lanzas
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E
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sa noche lo despertaron unos gritos que provenían de exterior, unos
desesperados gritos que inspiraban dolor y angustia. Al principio el joven elfo
pensó que sería alguna otra pesada broma de Ben y medio dormido y vencido por
el sueño y la fatiga decidió no hacer caso. Pero se le heló la sangre cuando
sus aguzados oídos de elfo escucharon muchos más de ellos. Eran diferentes
voces. De hombres mujeres y niños. Todas ellas voces conocidas. De un salto se
levantó de su humilde cama de paja e incorporándose con ojos curiosos observó
desde la redonda ventana del desván para ver qué era lo que estaba sucediendo.
Se quedó horrorizado al ver aquella escena, había fuego por todas
partes, la mayoría de las casas hechas de madera ardían levantando humo negro.
Había guardias, campesinos y ganado muertos por todos los lados. Algunos de los
cuerpos tenían unas flechas negras clavadas en sus cuerpos mientras que otros
de los cuerpos estaban mutilados como si los hubieran ejecutado. El ganado
superviviente corría de un lado a otro.
Un hombre con una herida en la cabeza corría desesperadamente para
salvar su vida. Aunque todo estaba oscuro Khiel lo reconoció al instante
gracias a la luz de las llamas. Era el posadero de la aldea, al mismo que le
compró las dos hogazas de pan. Y ahora, ese mismo hombre desesperado corría
para salvar su vida, mientras que un jinete encapuchado le iba persiguiendo por
detrás con un caballo negro. El jinete de vestiduras tan oscuras como la propia
noche alzó su lanza y le atravesó con ella. El arma se le insertó por los
omóplatos del aldeano. El golpe fue tan certero y furtivo que la lanza le
atravesó el cuerpo. El elfo pudo ver claramente como la punta del arma le salía por el pecho provocando que el
cadáver de aquel pobre desgraciado cayera al suelo y el corcel negro lo
pisoteara como si fuera una vulgar alimaña.
Khiel no tenía ni idea de quién era toda esa
gente ni a que habían venido a hacer, pero una cosa estaba clara, su vida
corría peligro, tenía que salir de ahí cuanto antes y esconderse en el
sotobosque cercano a su pueblo. Cogió su libro y lo metió en un ajado macuto
hecho de una tela gris. A continuación se vistió rápidamente y después corrió a
la biblioteca para armarse con aquella espada con la que tanto le gustaba
jugar, tal vez la necesitaría para defenderse. Pero tampoco le serviría de
mucho. Solo era un adorno y además la hoja del arma ni siquiera estaba afilada.
Bajó todo lo deprisa que pudo por las escaleras, pero con las prisas y
la tensión no miró donde pisaba, tropezó y cayó con torpeza rodando por aquellos
peldaños de madera cubiertos por un manto de terciopelo color latón. El
muchacho cayó de bruces contra el suelo, después se sentó para mirarse la
herida que se había hecho en la rodilla. Solo era una herida superficial. No
era nada grave aunque sangraba demasiado.
De pronto Tomas apareció en pijama lanzando una mirada de arrogancia y
desprecio a Khiel, pero lo ignoró por completo y fue a abrir la puerta cegado
por la curiosidad, justo en ese momento, en el instante que sus rechonchas y
sus sudorosas manos tocaron el picaporte de la puerta para abrirla, una figura
echó la puerta abajo de una patada y lo degolló con la punta de una espada.
Tomas murió al instante, cayó al suelo de costado mientras teñía de rojo la
alfombra con la sangre que le manaba del cuello.
Khiel se quedó petrificado al ver aquella escena, pero Ben, que también
vio lo sucedido en el momento que salía de la cocina con un trozo de chorizo y
otro de queso. Dio un grito y corrió llorando hacia la puerta trasera aún con la
comida en sus manos, pero aquel individuo de vestiduras negras y el rostro oculto
bajo una capucha, le disparó con una ballesta. La saeta le entró por la nuca y
le salió por el cuello. El cuerpo fondón de Ben se estrelló de frente por la
trayectoria en la que iba. Fue un disparo preciso.
En ese momento Khiel se levantó de un salto y corrió en la misma
dirección que intentó huir Ben pero otros dos encapuchados con atuendos negros
y armaduras de cuero negro se le aparecieron de frente. Habían entrado por la
puerta trasera. Tuvo que frenar de golpe porque si no se estrellaría contra
ellos. El frenar tan repentinamente hizo que resbalara y cayera de espaldas
contra el suelo.
Los dos incursores que estaban en frente desenvainaron sus espadas, y
uno de ellos extendió el brazo para cogerlo, pero Khiel gateó de espaldas hacia
atrás, se levantó de un salto y subió por las escaleras mientras sus
perseguidores le pisaban los talones. No paró hasta llegar al balcón de la
biblioteca. Ahí observó que había una altura de tres metros, pero nada más
asomarse le entró el pánico porque tenía miedo a las alturas.
Desde lo alto del balcón vio como una anciana yacía tirada en el suelo.
Suplicando por su vida. Pero su agresor
no se apiadó de ella y le clavó la espada en la clavícula penetrando en su
frágil cuerpo. El asesino no paraba de reír. Khiel conocía a aquella anciana.
Conocía a todos los de la aldea. Eran las únicas personas que se había codeado,
ya que nunca abandonó la aldea. Y los estaban matando a todos como si fueran
unas vulgares alimañas.
No tardaron en dar con él, los tres asesinos ya estaban a su frente con
las armas desenvainadas, eran muy altos y Khiel pudo distinguir en sus ojos
color fucsia que inspiraban una mirada fría y aterradora dominada por el odio.
No se
lo pensó dos veces, no quería acabar como el posadero o aquella pobre anciana,
venció el miedo a su vértigo y saltó por el balcón aterrizando sobre un seto,
una de las ramas se le clavó en el muslo izquierdo y le hizo una herida con una
profundidad de casi dos centímetros, ni siquiera se dio cuenta, aun teniendo
miedo a las alturas prefería arriesgarse a saltar desde esa altura a
enfrentarse a aquella gente.
Desde aquel lugar pudo escuchar
los numerosos gritos de los caballos del establo. Supo en ese momento que
estaban en peligro. Pudo distinguir como
el humo manaba desde su lugar de origen.
Corrió en aquella dirección
esforzándose por no mirar en los cadáveres que estaban a su paso, algunos de
ellos incluso eran niños.
Cuando sus ojos vieron el
establo observaron que las llamas se estaban apoderando de aquel lugar. Se
introdujo por aquel humo y mientras que tosía abrió sus puertas. En cuanto los
animales vieron la salida echaron a correr.
Una vez asegurado de que todo ellos habían
escapado, Siguió su curso lo más rápido que pudo en dirección al sotobosque,
pero de pronto un jinete con ropajes oscuros se le apareció enfrente. El
caballo negro relinchó con furia y clavó a Khiel una mirada tan aterradora como
la que tenía su montador. El caballo babeaba espuma de su boca como si fuera
una bestia carnívora.
Jamás en su vida había visto a un caballo reaccionar de esa manera, durante muchos años había cuidado los
caballos de Tomas, les había alimentado, cepillado e incluso limpiaba sus
establos, pero al elfo se le erizó los pelos de la nuca al ver la ferocidad con
la que reaccionaba aquel animal, era como si esa gente les hubieran enseñado a
odiar.
El jinete alzó un látigo negro y de un solo movimiento atrapó al
muchacho por el cuello, conduciendo a su montura comenzó a arrastrarlo por el
suelo rasgando su ropa y haciéndole heridas en la piel, Khiel luchaba por
respirar y liberase, pero le resultaba imposible.
Tres flechas con un plumaje tan
blanco como el alabastro se le clavaron en el pecho. El jinete dejó caer el
látigo y después su cuerpo sin vida se desplomó contra el suelo.
Se quedó impresionado, pensó que Ivermon habría enviado a sus soldados a
proteger la aldea pero al volverse se llevó una gran sorpresa. Sus salvadores
eran elfos como él. Altos, con atuendos blancos, rubios cabellos y cuerpos
esbeltos.
Un grupo de lanceros de los invasores cargaron
contra los arqueros que le habían salvado la vida. Estos no llevaban la cara
cubierta, tenían armaduras negras, sus cabellos eran de color negro y su piel
era algo más pálida. Pero también eran elfos, aunque con algunas diferencias. A
uno de los arqueros le atravesaron el cuello con una de las lanzas, al otro le
asestaron un tajo en el vientre y al y último solo le clavaron en la pierna con
una de las lanzas.
Khiel se quedó asombrado, era la primera vez
que veía a gente como él pero en la situación que estaba no sabía lo que tenía
que hacer, tenía ganas de ayudar a aquellos que le habían salvado y
preguntarles si sabrían algo de su pasado, quien era y de donde venía, podrían
ayudarlo a aclarar muchas de las dudas que tenía. Pero… ¿Qué hacían allí? Su
reino se encontraba muy lejos.
El chico desenvainó la espada que había cogido de la biblioteca y
tembloroso como una asustadiza liebre se dispuso a ayudarlos. Uno de los tres
arqueros estaba muerto, el otro estaba mal herido y el último al que le
clavaron la lanza en la pierna estaba debajo del cuerpo de su compañero con un
cuchillo en la mano. Se dirigió con las manos temblorosas a socorrerlos pero de
pronto otros cinco lanceros se acercaron a ayudar a exterminar a los arqueros
que quedaban.
En ese momento Khiel se acobardó y se quedó paralizado por el pánico,
jamás en su vida había visto tanta sangre, nunca había visto como asesinaban a
alguien a sangre fría. No había más que gritos de horror acompañados de
desesperación, combates y masacre. Las granjas ardían por doquier, la sangre
derramada de los caídos teñía la hierba de rojo y la gente gritaba de miedo, muchos
habían muerto. Sintió una gran pena por aquellos dos hombres que luchaban por
sobrevivir.
Pero de pronto un guerrero con una reluciente
armadura tan verde como sus ojos y
armado con una espada y una daga con la hoja curvada saltó y asestó con
una finta sucesivos tajos a los lanceros, mató a tres de ellos en pocos
segundos y a los demás les sacaba ventaja con gran facilidad. Aquel elfo
llevaba el pelo largo como los demás, pero este tenía una enorme cicatriz en la
cara, una cicatriz que uno jamás habría olvidado, aquella marca vertical
comenzaba desde su frente hasta acabar casi en su barbilla, su ojo se habría
salvado por muy poco el día en el que le hicieron aquella herida.
Los ojos verde esmeralda de
Khiel lo observaron elfo con gran asombro y admiración. Alababa la manera en
que luchaba, otros elfos con armaduras relucientes y lanzas blancas se unieron
a él para ayudarlo, en poco tiempo acabaron con aquellos incursores.
Pero una veintena de las fuerzas invasoras cargaron contra Khiel pasando
de largo de aquel soldado de armadura verde y los demás guerreros.
El guerrero de la armadura verde le sorprendió que lo hubieran pasado
por alto, era alguien muy odiado por aquellos oscuros incursores, incluso
ofrecían una gran recompensa por su cabeza, pero enseguida comprendió porqué,
vio al chico, lo reconoció nada más verlo y se quedó boquiabierto. Los rumores
de que un alto elfo fue encontrado y criado con los humanos eran ciertos. Por
fin encontró a la persona que buscaba, pero el enemigo también lo encontró.
Khiel no comprendía nada. Al ver a los asaltantes cargar hacia él echó a
correr presa del pánico sin mirar atrás.
El elfo de la cicatriz cargó con sus soldados contra los atacantes de
Khiel tratando de hacer todo lo posible para que no cogieran al chico.
El joven muchacho corrió y corrió en dirección al sotobosque aún con su
espada en la mano, no miró atrás, ni si quiera cuando la saeta de una ballesta
le pasó susurrándole en los oídos como si fuera el siseo de una serpiente que
estuviera a punto de picarle, le rozó la mejilla haciéndole un pequeño corte en
ella.
Cuando el misterioso guerrero de
la armadura verde acabó con los asaltantes perdió de vista a Khiel, había
desaparecido en el sotobosque. Había fracasado en su misión de traerlo de
vuelta, pero también había evitado que el enemigo se lo llevara.
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