viernes, 28 de octubre de 2011

Cap.2 Flechas y lanzas

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Flechas y lanzas

E
sa noche lo despertaron unos gritos que provenían de exterior, unos desesperados gritos que inspiraban dolor y angustia. Al principio el joven elfo pensó que sería alguna otra pesada broma de Ben y medio dormido y vencido por el sueño y la fatiga decidió no hacer caso. Pero se le heló la sangre cuando sus aguzados oídos de elfo escucharon muchos más de ellos. Eran diferentes voces. De hombres mujeres y niños. Todas ellas voces conocidas. De un salto se levantó de su humilde cama de paja e incorporándose con ojos curiosos observó desde la redonda ventana del desván para ver qué era lo que estaba sucediendo.
   Se quedó horrorizado al ver aquella escena, había fuego por todas partes, la mayoría de las casas hechas de madera ardían levantando humo negro. Había guardias, campesinos y ganado muertos por todos los lados. Algunos de los cuerpos tenían unas flechas negras clavadas en sus cuerpos mientras que otros de los cuerpos estaban mutilados como si los hubieran ejecutado. El ganado superviviente corría de un lado a otro.
   Un hombre con una herida en la cabeza corría desesperadamente para salvar su vida. Aunque todo estaba oscuro Khiel lo reconoció al instante gracias a la luz de las llamas. Era el posadero de la aldea, al mismo que le compró las dos hogazas de pan. Y ahora, ese mismo hombre desesperado corría para salvar su vida, mientras que un jinete encapuchado le iba persiguiendo por detrás con un caballo negro. El jinete de vestiduras tan oscuras como la propia noche alzó su lanza y le atravesó con ella. El arma se le insertó por los omóplatos del aldeano. El golpe fue tan certero y furtivo que la lanza le atravesó el cuerpo. El elfo pudo ver claramente como la punta del arma  le salía por el pecho provocando que el cadáver de aquel pobre desgraciado cayera al suelo y el corcel negro lo pisoteara como si fuera una vulgar alimaña.
   Khiel no tenía ni idea de quién era toda esa gente ni a que habían venido a hacer, pero una cosa estaba clara, su vida corría peligro, tenía que salir de ahí cuanto antes y esconderse en el sotobosque cercano a su pueblo. Cogió su libro y lo metió en un ajado macuto hecho de una tela gris. A continuación se vistió rápidamente y después corrió a la biblioteca para armarse con aquella espada con la que tanto le gustaba jugar, tal vez la necesitaría para defenderse. Pero tampoco le serviría de mucho. Solo era un adorno y además la hoja del arma ni siquiera estaba afilada.
   Bajó todo lo deprisa que pudo por las escaleras, pero con las prisas y la tensión no miró donde pisaba, tropezó y cayó con torpeza rodando por aquellos peldaños de madera cubiertos por un manto de terciopelo color latón. El muchacho cayó de bruces contra el suelo, después se sentó para mirarse la herida que se había hecho en la rodilla. Solo era una herida superficial. No era nada grave aunque sangraba demasiado.
   De pronto Tomas apareció en pijama lanzando una mirada de arrogancia y desprecio a Khiel, pero lo ignoró por completo y fue a abrir la puerta cegado por la curiosidad, justo en ese momento, en el instante que sus rechonchas y sus sudorosas manos tocaron el picaporte de la puerta para abrirla, una figura echó la puerta abajo de una patada y lo degolló con la punta de una espada. Tomas murió al instante, cayó al suelo de costado mientras teñía de rojo la alfombra con la sangre que le manaba del cuello.
   Khiel se quedó petrificado al ver aquella escena, pero Ben, que también vio lo sucedido en el momento que salía de la cocina con un trozo de chorizo y otro de queso. Dio un grito y corrió llorando hacia la puerta trasera aún con la comida en sus manos, pero aquel individuo de vestiduras negras y el rostro oculto bajo una capucha, le disparó con una ballesta. La saeta le entró por la nuca y le salió por el cuello. El cuerpo fondón de Ben se estrelló de frente por la trayectoria en la que iba. Fue un disparo preciso.
   En ese momento Khiel se levantó de un salto y corrió en la misma dirección que intentó huir Ben pero otros dos encapuchados con atuendos negros y armaduras de cuero negro se le aparecieron de frente. Habían entrado por la puerta trasera. Tuvo que frenar de golpe porque si no se estrellaría contra ellos. El frenar tan repentinamente hizo que resbalara y cayera de espaldas contra el suelo.
   Los dos incursores que estaban en frente desenvainaron sus espadas, y uno de ellos extendió el brazo para cogerlo, pero Khiel gateó de espaldas hacia atrás, se levantó de un salto y subió por las escaleras mientras sus perseguidores le pisaban los talones. No paró hasta llegar al balcón de la biblioteca. Ahí observó que había una altura de tres metros, pero nada más asomarse le entró el pánico porque tenía miedo a las alturas.
   Desde lo alto del balcón vio como una anciana yacía tirada en el suelo. Suplicando por su vida. Pero su  agresor no se apiadó de ella y le clavó la espada en la clavícula penetrando en su frágil cuerpo. El asesino no paraba de reír. Khiel conocía a aquella anciana. Conocía a todos los de la aldea. Eran las únicas personas que se había codeado, ya que nunca abandonó la aldea. Y los estaban matando a todos como si fueran unas vulgares alimañas.
   No tardaron en dar con él, los tres asesinos ya estaban a su frente con las armas desenvainadas, eran muy altos y Khiel pudo distinguir en sus ojos color fucsia que inspiraban una mirada fría y aterradora dominada por el odio.
   No se lo pensó dos veces, no quería acabar como el posadero o aquella pobre anciana, venció el miedo a su vértigo y saltó por el balcón aterrizando sobre un seto, una de las ramas se le clavó en el muslo izquierdo y le hizo una herida con una profundidad de casi dos centímetros, ni siquiera se dio cuenta, aun teniendo miedo a las alturas prefería arriesgarse a saltar desde esa altura a enfrentarse a aquella gente.
   Desde aquel lugar pudo escuchar los numerosos gritos de los caballos del establo. Supo en ese momento que estaban en peligro. Pudo  distinguir como el humo manaba desde su lugar de origen.
   Corrió en aquella dirección esforzándose por no mirar en los cadáveres que estaban a su paso, algunos de ellos incluso eran niños.
   Cuando sus ojos vieron el establo observaron que las llamas se estaban apoderando de aquel lugar. Se introdujo por aquel humo y mientras que tosía abrió sus puertas. En cuanto los animales vieron la salida echaron a correr.
   Una vez asegurado de que todo ellos habían escapado, Siguió su curso lo más rápido que pudo en dirección al sotobosque, pero de pronto un jinete con ropajes oscuros se le apareció enfrente. El caballo negro relinchó con furia y clavó a Khiel una mirada tan aterradora como la que tenía su montador. El caballo babeaba espuma de su boca como si fuera una bestia carnívora.
   Jamás en su vida había visto a un caballo reaccionar de esa  manera, durante muchos años había cuidado los caballos de Tomas, les había alimentado, cepillado e incluso limpiaba sus establos, pero al elfo se le erizó los pelos de la nuca al ver la ferocidad con la que reaccionaba aquel animal, era como si esa gente les hubieran enseñado a odiar.
   El jinete alzó un látigo negro y de un solo movimiento atrapó al muchacho por el cuello, conduciendo a su montura comenzó a arrastrarlo por el suelo rasgando su ropa y haciéndole heridas en la piel, Khiel luchaba por respirar y liberase, pero le resultaba imposible.
   Tres flechas con un plumaje tan blanco como el alabastro se le clavaron en el pecho. El jinete dejó caer el látigo y después su cuerpo sin vida se desplomó contra el suelo.
   Se quedó impresionado, pensó que Ivermon habría enviado a sus soldados a proteger la aldea pero al volverse se llevó una gran sorpresa. Sus salvadores eran elfos como él. Altos, con atuendos blancos, rubios cabellos y cuerpos esbeltos.
   Un grupo de lanceros de los invasores cargaron contra los arqueros que le habían salvado la vida. Estos no llevaban la cara cubierta, tenían armaduras negras, sus cabellos eran de color negro y su piel era algo más pálida. Pero también eran elfos, aunque con algunas diferencias. A uno de los arqueros le atravesaron el cuello con una de las lanzas, al otro le asestaron un tajo en el vientre y al y último solo le clavaron en la pierna con una de las lanzas.
   Khiel se quedó asombrado, era la primera vez que veía a gente como él pero en la situación que estaba no sabía lo que tenía que hacer, tenía ganas de ayudar a aquellos que le habían salvado y preguntarles si sabrían algo de su pasado, quien era y de donde venía, podrían ayudarlo a aclarar muchas de las dudas que tenía. Pero… ¿Qué hacían allí? Su reino se encontraba muy lejos.
   El chico desenvainó la espada que había cogido de la biblioteca y tembloroso como una asustadiza liebre se dispuso a ayudarlos. Uno de los tres arqueros estaba muerto, el otro estaba mal herido y el último al que le clavaron la lanza en la pierna estaba debajo del cuerpo de su compañero con un cuchillo en la mano. Se dirigió con las manos temblorosas a socorrerlos pero de pronto otros cinco lanceros se acercaron a ayudar a exterminar a los arqueros que quedaban.
   En ese momento Khiel se acobardó y se quedó paralizado por el pánico, jamás en su vida había visto tanta sangre, nunca había visto como asesinaban a alguien a sangre fría. No había más que gritos de horror acompañados de desesperación, combates y masacre. Las granjas ardían por doquier, la sangre derramada de los caídos teñía la hierba de rojo y la gente gritaba de miedo, muchos habían muerto. Sintió una gran pena por aquellos dos hombres que luchaban por sobrevivir.
   Pero de pronto un guerrero con una reluciente armadura tan verde como sus ojos y  armado con una espada y una daga con la hoja curvada saltó y asestó con una finta sucesivos tajos a los lanceros, mató a tres de ellos en pocos segundos y a los demás les sacaba ventaja con gran facilidad. Aquel elfo llevaba el pelo largo como los demás, pero este tenía una enorme cicatriz en la cara, una cicatriz que uno jamás habría olvidado, aquella marca vertical comenzaba desde su frente hasta acabar casi en su barbilla, su ojo se habría salvado por muy poco el día en el que le hicieron aquella herida.
   Los ojos verde esmeralda de Khiel lo observaron elfo con gran asombro y admiración. Alababa la manera en que luchaba, otros elfos con armaduras relucientes y lanzas blancas se unieron a él para ayudarlo, en poco tiempo acabaron con aquellos incursores.
   Pero una veintena de las fuerzas invasoras cargaron contra Khiel pasando de largo de aquel soldado de armadura verde y los demás guerreros.
   El guerrero de la armadura verde le sorprendió que lo hubieran pasado por alto, era alguien muy odiado por aquellos oscuros incursores, incluso ofrecían una gran recompensa por su cabeza, pero enseguida comprendió porqué, vio al chico, lo reconoció nada más verlo y se quedó boquiabierto. Los rumores de que un alto elfo fue encontrado y criado con los humanos eran ciertos. Por fin encontró a la persona que buscaba, pero el enemigo también lo encontró.
   Khiel no comprendía nada. Al ver a los asaltantes cargar hacia él echó a correr presa del pánico sin mirar atrás.
   El elfo de la cicatriz cargó con sus soldados contra los atacantes de Khiel tratando de hacer todo lo posible para que no cogieran al chico.
   El joven muchacho corrió y corrió en dirección al sotobosque aún con su espada en la mano, no miró atrás, ni si quiera cuando la saeta de una ballesta le pasó susurrándole en los oídos como si fuera el siseo de una serpiente que estuviera a punto de picarle, le rozó la mejilla haciéndole un pequeño corte en ella.

 Cuando el misterioso guerrero de la armadura verde acabó con los asaltantes perdió de vista a Khiel, había desaparecido en el sotobosque. Había fracasado en su misión de traerlo de vuelta, pero también había evitado que el enemigo se lo llevara.

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