Ojo
por ojo
K
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hiel llegó de
madrugada a Prorharbol, saltó del carro cuando vio un cartel que indicaba el
nombre de la aldea. Se escabulló por las calles mientras que iba al trote, casi
corriendo, buscó alguna posada, dedujo que en un lugar como ese sería donde más
posibilidades habrían de encontrarlos. No le quedaban otras opciones.
No había mucha gente por las calles a esas
horas de la noche. De vez en cuando se cruzaba con algún peregrino, con algún lugareño
beodo o con algún guardia de la ciudad que estaría patrullando en el turno de
una noche aburrida.
Prorharbol no era muy grande, por tanto
sabría tendría más facilidad de dar con una posada o encontrar a Rolan y sus
compañeros, aquello le alegró, le dio un atisbo de esperanza en mitad de
aquella tempestad que le estaba causando tanta desesperación. Aún muy a su
pesar, sentía miedo por atravesar solo aquellas desconocidas calles a esas
horas de la noche por temor a la oscuridad, o porque quizás también algún ladrón
se aventurase a hacerle daño intentando robarle. ¿Pero quién le robaría? Ya no
tenía nada de valor. Además. Estaba un lugar apartado rodeado de montañas y
grandes árboles.
La
aldea de Prorharbol gozaba de tener muchos tipos árboles diferentes, la mayoría
de los lugareños se dedicaban a la plantación y a la tala de estos, para luego
vendérselos a nobles y gente adinerada. Incluso se utilizaban para decorar en
los jardines del castillo del mismísimo rey de Ivermon.
La
Aguja Dorada, así se llamaba la única posada que tenía aquella aldea
habitada mayormente por leñadores y jardineros.
No le
costó trabajo encontrarla.
El
elfo entró en la posada, tenía el símbolo de una aguja dorada con un cordel de
plata dibujados en su cartel, era muchísimo más grande que el Tejón Malhumorado. Al examinarla de un
rápido vistazo sus cansados ojos descubrieron a la posadera que la regentaba,
una señora un tanto mayor, bajita y rechoncha con un atuendo blanco, al igual
que su largo pelo que le llegaba casi hasta la cintura recogido en una coleta.
Khiel
examinó el resto de la posada, había unos leñadores riendo entre ellos
acompañados de buena cerveza. También había cuatro tipos muy extraños en otra
mesa a los prefirió no mirar. Pero no había ni rastro de Rolan y los demás,
¿acaso llegó tarde? ¿Demasiado pronto? ¿Quizás le escuchó mal a Zaisti y estaba
en otro lugar? ¿O es posible que justo
antes hubiese ideado una treta para que
Khiel fuese al lugar equivocado?
El
joven elfo empezó a hacerse cientos de preguntas desesperado, no sabía qué
hacer, tenía hambre, tenía sueño, estaba sucio y le dolían las heridas que se
hizo al escaparse de la incursión que hicieron los elfos oscuros en Sacua. No
había dormido desde antes y se encontraba muy cansado.
Finalmente
decidió ir al mostrador y preguntar a la posadera.
— Discúlpeme señora —preguntó Khiel
humildemente.
La anciana
se le acercó y lo miró con asombro, pero después le dedicó una sonrisa.
— Hola jovencito —le dijo la señora— ¿qué
hace un chiquillo como tú a estas horas de la noche?
— Verá, estoy buscando a tres personas, son
poco mayores que yo, uno de ellos es rechoncho, un poco más alto que yo, el
otro es de estatura normal parece fuerte y el último es alto, delgado y tiene
el pelo de punta, ¿los ha visto?
— Déjame pensar... —dijo la anciana mientras fruncía el ceño de su arrugado
rostro y se cogía de la barbilla. — Sí, estuvieron cenando aquí, pero no
estuvieron mucho rato, parecía que tenían mucha prisa, hasta se fueron sin acabarse
la comida que habían pedido.
A
Khiel se le iluminó el rostro y mostró una gran sonrisa mostrando una gran
alegría.
— ¿De verdad? ¿Comentaron algo sobre adonde
iban a ir?
— No. Lo siento pequeño —le respondió la posadera.
Toda
la ilusión que se había llevado el chico se desvaneció de repente. Volvía a
estar como al principio, ya no tenía ninguna pista en la que seguir, se le
esfumó toda la esperanza que tenía.
A
Khiel le sonaron las tripas con tanta fuerza a causa del hambre que hasta aquella
anciana se dio cuenta de ello. La posadera lo miró durante un breve rato con
lástima.
— ¿Tienes hambre chico? —le preguntó con
empatía.
— Sí, pero de verdad que lo siento mucho
señora, no tengo nada conque poder pagarla —dijo Khiel mientras se ponía la
mano en el estómago y agachaba la cabeza.
— No te preocupes por eso jovencito,
siéntate allí —dijo la anciana señalando una mesa vacía— voy a prepararte algo,
los jóvenes necesitan comer mucho a vuestra edad para poder crecer sanos y
fuertes.
Khiel no se pudo creer lo que estaba escuchando,
aquella anciana le había ofrecido comida a cambio de nada, estaba muy
asombrado. Tal vez no todos los humanos despreciaban a los de su sangre después
de todo.
— Gracias señora, muchas gracias de verdad,
le prometo que se lo pagaré de alguna forma— respondió Khiel.
— No hace falta muchacho, ahora ve, siéntate
allí y espera a que te traiga la comida ¿de acuerdo? —le dijo con delicadeza
mientras que le mostraba una sonrisa.
Khiel
se sentó en una mesa y esperó impaciente a que le trajean la comida. Le costaba
mucho mantener los ojos abiertos, tenía mucho sueño pero el hambre que tenía lo
mantenía bien despierto.
— ¡Maldito Rolan! —dijo uno de los hombres
que estaba en la mesa de al lado— ¡Esta vez me las va a pagar!
El
muchacho se sorprendió y se dio la vuelta para verlos.
— ¿Rolan? ¿Has dicho Rolan? Lo conozco,
precisamente yo también lo andaba buscando... —dijo Khiel parándose en seco al
ver la clase de hombres que eran.
Eran los
cuatro hombres que evitó mirar cuando entró en la posada. El que estaba
hablando tenía la cabeza afeitada mostrando la gran cicatriz que sobre ella,
era grande y fuerte, también tenía parte de la cara quemada y un ojo tapado por
un parche, aquel hombre era tuerto. Vestía un peto de cuero tachonado y unos
sobre hombros de acero que lo protegían. En los antebrazos tenía unos brazales
de cuero negro los cuales tenían puntas de acero. Parecía peligroso. Otro de
ellos era grande, todavía más que el primero, medía casi dos metros y además tenía
un cuerpo muy ancho, con brazos gruesos y una barba negra que le llegaba hasta
el pecho. Vestía una cota de malla que le llegaba hasta la cintura. Sobre sus
hombros descansaban unas zarpas de piel
de oso de los cuales sus pantalones también se habían fabricado con la
misma piel. No parecía ser de Ivermon. Y los otros dos restantes eran gemelos,
muy delgados, con pelo corto, ojos oscuros y la cara llena de cicatrices. Ambos
vestían armaduras de un grisáceo cuero.
— ¿Eres amigo de Rolan pequeño elfo? —le
preguntó el tuerto.
Khiel
se quedó boquiabierto y paralizado por el miedo, estaba muy arrepentido de a
ver abierto la boca. Se culpó así mismo por ello.
— No, de hecho me robó —dijo Khiel con una
temblorosa voz.
Los
dos gemelos se miraron mutuamente e intercambiaron una malévola sonrisa
mostrando unos dientes amarillos. Aquello hizo que le recorriera un escalofrío
por todo el cuerpo y se pusiera aún más nervioso.
— Así que te robó... —dijo el tuerto con una
suave pero fría e intimidadora voz. Le clavó una mirada autoritaria con el
único ojo que tenía obligándole a evadir aquel incómodo miramiento —te robó y te dijo su nombre... qué curioso,
no es normal que un ladrón diga su nombre cuando te ha robado, aunque viniendo
de Rolan me puedo esperar cualquier cosa.
A
Khiel le temblaban las piernas, tenía ganas de salir corriendo de ahí pero sus
temblorosas y castigadas extremidades no le respondían. Tal vez por el
cansancio o porque tal vez estaba muerto
de miedo.
Los
hombres se levantaron de sus sillas
mostrando sus desgastadas armaduras de cuero y sus negras botas de
placas.
— Vamos a dar un paseo —dijo el hombre
tuerto.
— No gracias... de verdad... —decía Khiel
aún sin poder mantener la mirada fija en la de aquel hombre— además, la posadera me está preparando la
ce...
— No importa, solo vamos a tomar un poco el
aire, será un rato nada más, —le interrumpió el hombre mientras le ponía a
Khiel la mano en el hombro. Aquello provocó que se le erizara el pelo, pero la
preocupación del elfo aumentó todavía más cuando se percató de que con la otra
mano sujetaba un hacha que le llegaba hasta la cintura. —Será divertido.
Recorrieron las calles de la aldea en
dirección hacía la salida, Khiel estaba muy asustado, tenía ganas de salir
corriendo y desaparecer de ahí, pero el hombre barbudo tenía una enorme
ballesta con la que le podía disparar si intentaba huir, al ver aquel arma, su
mente no dejaba de recordar el momento en el que un elfo oscuro le disparó con
su ballesta a Ben y de que como su cadáver se desplomó contra el suelo.
No
había nadie por la calle a quien le pudiera pedir ayuda, las correderas de la
aldea estaban desiertas, y aunque aquella noche, en aquel lugar y en esa misma
hora alguien tuviese la desgracia de toparse con aquellos matones, poco se
habría esforzado por ayudar a un elfo con cara de asustado.
Al
llegar a la salida dos guardias la estaban custodiando, aquello lo alegró,
aunque sabía que a un guardia iverotano poco le iba a importar la vida de un
elfo, también sabía perfectamente que no iban a dejar pasar por alto a un grupo
de desconocidos armados hasta los dientes.
Uno de
los guardias, con extrema cautela, se aproximó hasta ellos desconfiado, puesto
que apoyaba la palma de la mano en el pomo de la espada.
— Buenas noches viajeros —dijo el guardia—
no sois de por aquí, ¿qué se os trae en Prorharbol a estas horas de la noche?
Hubo un incómodo silencio. Un silencio que
duró poco, pero era tan incómodo que daba la sensación de que parecer una
eternidad.
— Hemos... venido a visitar esta tranquila
aldea... —le dijo el tuerto mientras le dedicaba una sonrisa mostrando un
diente de plata.
El
guardia examinó con una mirada sospechosa a toda la banda con cierta
desconfianza ante sus ojos, después le miró a Khiel fijamente.
— ¿A visitar la aldea chico? —le preguntó el
guardia al joven elfo.
El
tuerto le apretó con fuerza en el hombro al muchacho con su mano izquierda
mientras que con la otra sujetaba un cuchillo que lo amenazaba con la punta
oculta tras su espalda.
— Sí... señor... —le respondió Khiel con una
temblorosa voz.
El otro guardia inquieto, estaba revisando
unos pergaminos que se le escurrían de las manos, lo hacía muy nervioso, pero
no desistió en hacerlo hasta que dio con uno de ellos. Lo examinó detenidamente
y después miró al tuerto. Su rostro palideció por completo. Respiró varias
veces con profundidad como si se esforzase por mantener la calma.
— Señor, venga a ver esto —dijo el guardia.
El guardia con el que estaban hablando les
dio la espalda y se dirigió a grandes zancadas hasta su joven compañero,
después, con su mano enguantada, cogió el pergamino y lo examinó, al ver su
contenido, su rostro delató su asombro. A continuación desenvainó la espada y
se dirigió de nuevo a los hombres.
— ¡Carlin el tuerto! —dijo el guardia
mientras se acercaba hasta el opresor de Khiel— en nombre de Ivermon y por
orden directa del senado quedas arrestado por triple asesinato.
En
aquel instante Carlin el Tuerto empuñó su hacha y de un rapidísimo movimiento
le rebanó el cuello al guardia. La sangre de la víctima se desperdigó y en gran
parte terminó salpicando la ropa y el rostro del muchacho.
Carlin le pegó el tajo con tanta ferocidad
que el cadáver del guardia dio un giro de noventa grados cayendo de frente
contra el suelo y dejando un charco de sangre. El rojo carmesí de la sangre
teñía de sangre todo el suelo. Incluso a esas horas de la noche se podía
apreciar la fresca sangre recientemente derramada en el frío y humeante suelo
de fango. El cuerpo del guardia dejó caer el pergamino que se posó a los pies
de Khiel, entonces lo vio, era un cartel de <<se busca>> con el
retrato de Carlin. En él decía: Carlin el tuerto, recompensa de 11.000 iderios
por capturarlo.
A
Khiel se le heló la sangre cuando vio el cartel y aquella grandiosa recompensa
por capturarlo. Dedujo que debía de ser un hombre muy peligroso para que
ofrecieran una suma tan significativa por capturarlo.
El
otro guardia trató de desenvainar su espada pero el hombre barbudo no vacilo
durante ningún instante y le disparó con
la ballesta en el pecho haciendo que la punta del virote atravesara su torso
con armadura y todo. El virote se clavó en el tronco de un árbol dejando el
cuerpo del guardia ahí colgado.
Khiel
se puso blanco, dio un grito de horror e intentó echar a correr pero Carlin le
tenía bien sujeto.
— ¡Elfo de mierda! ¡Tú no te vas a ir a
ninguna parte! —exclamó Carlin.
— ¡Por favor dejad que me vaya! ¡Juro que no
diré nada lo prometo! —dijo Khiel desesperado mientras dejaba caer unas
lágrimas por el temor que tenía.
Uno de
los gemelos lo silenció golpeándolo con una pequeña porra en la cabeza. Lo dejó
sin conocimiento. En ese momento todo se volvió negro.
El
hombre barbudo lo llevaba acuestas apoyado sobre su hombro, doblado por la
cintura iba maniatado, con una bolsa de tela negra puesta sobre la cabeza y un
trapo atado sobre su boca para asegurarse de que no gritara ni pidiera ayuda.
Cuando
le quitaron la bolsa Khiel descubrió que le habían atado en un árbol en medio
de un bosque. No tenía ni idea de donde se encontraba. Uno de los gemelos
estaba apoyado en uno de los árboles. Con suma sutiliza, se quitaba con un
cuchillo el sarro que tenía en los dientes. Su hermano gemelo mientras tanto,
afilaba un cuchillo sin quitarle la vista al prisionero, lo hacía con una
sonrisa, como si en cualquier momento se le dispusiera a despellejarlo y
después destriparlo.
Pero
ahí estaba Carlin, delante de él, mirándole con sumo desprecio, la mirada su
ojo sano no se despegaba del joven elfo. El hombre barbudo en cambio no se
encontraba ahí.
— Vaya, vaya, vaya... —decía Carlin— así que
tú también eres amigo de Rolan.
— No, no lo soy, solo lo conozco porque escuché
su nombre cuando me robó —dijo Khiel casi sollozando— ni siquiera me cae bien.
— No, no, no — decía Carlin mientras movía
el dedo en forma de negación— no está bien que hables así de tus amigos. No
creo que ni a Rolan, ni al erizo, ni al gordito les hiciera gracia oírte hablar
tan mal de ellos.
— Por favor, no me mates, yo no hecho nada
lo juro —suplicó Khiel.
Carlin
le dio un puñetazo en la cara haciendo que su cabeza se golpeara contra el
árbol al que estaba atado.
— ¡Que me digas donde está! ¡Dímelo! ¡Habla
de una maldita vez! —decía Carlin mientras le golpeaba varios puñetazos en la
cara y en el estómago repetidas veces.
Los
gemelos observaban la escena con una sádica sonrisa, como si disfrutasen con lo
que estaban viendo.
A
Khiel todavía le dolía el golpe que le había dado uno de los gemelos en la
cabeza. No paraba de llorar al mismo tiempo que sangraba de la boca y la nariz.
Un hilillo de sangre se le asomaba por la boca cada vez que la abría para
gritar de dolor.
— No lo sé, no lo sé —le suplicaba el elfo—
por favor no sigas haciéndome esto, no le diré nada a nadie lo prometo.
— ¡A mí no me mientas! —Decía Carlin
mientras que le agarraba del pelo y lo golpeaba contra el árbol en el que
estaba atado— ¿Sabes lo que me hizo tu amigo? ¡Sabes lo que me hizo!
Khiel
negó con la cabeza mientras seguía llorando con los ojos entrecerrados.
Carlin
se quitó el parche. Y mostró lo que le quedaba de un ojo chamuscado, lleno de
suciedad y pus.
— ¿Ves esto? —decía Carlin mientras que se
señalaba con un dedo en el ojo chamuscado— tu querido amigo Rolan me hizo esto,
abrasó mi ojo. Y desde entonces soy... Carlin el Tuerto. ¿Es curioso verdad?
Carlin
empezó a reír mientras que Khiel no le quitaba la mira de encima por lo
asustado que se encontraba. Era una risa enfermiza. ¿Por qué a él? No le
dejaban de ocurrir cosas malas. Una tras otra. Y cuando por fin tuvo algo de
suerte y podía comer algo un perturbado y su banda le secuestraba.
— ¿Pero sabes que es lo más divertido de
todo? —decía Carlin mientras que reía entre dientes— que en algunos lugares ya
me empiezan a llamarme Carlin el Sacaojos.
Khiel
no dejaba de intentar de respirar mientras que no paraba de jadear tratando de
recuperar el aliento, estaba muy pálido, la sangre de la herida que le habían
hecho en la cabeza empezó a deslizarse por el ojo y ya le estaba escociendo.
Carlin
deslizaba suavemente la punta de su cuchillo por la cara de Khiel, pero detuvo
la punta del arma justo debajo del párpado de su ojo izquierdo.
— Desde que me dejaron tuerto, me he fijado
mucho en los ojos de los demás, ¿sabes? —Decía Carlin sin apartarle la mirada
de su ojo de los de Khiel— ¿quieres saber lo que llevo en esta bolsa de cuero?
Carlin
cogió una bolsa de cuero que tenía atada a su cinto, la abrió y le mostró a
Khiel lo que tenía en ella.
En el
momento en que Khiel vio el contenido de la bolsa el pánico se apoderó de su
cuerpo y el pánico que le hizo sentir provocó que se orinase encima.
La
bolsa estaba llena de ojos, de todos los colores, algunos recientes y otros
putrefactos, casi había una docena.
Carlin
vio como Khiel había manchado sus pantalones con la orina.
— ¿Qué te pasa canijo? ¿Te has hecho pipí
encima? ¿Acaso no te enseñaron tus papás buenos modales? El gato que me he
comido esta mañana tenía más valentía que tú. Al menos él no se meó cuando lo
despellejé vivo para después comérmelo. —Decía Carlin para burlarse de él. — Me
parece que te voy a tener que dar una lección para que aprendas buenos modales.
— ¡No por favor! No me hagas nada, haré
cualquier cosa, cualquier cosa...
— ¡Cállate!— dijo Carlin antes de propinarle
una bofetada— ¡ahora voy a sacarte eso preciado ojo verde tuyo!
Carlin
empotró de perfil la cara de Khiel contra el árbol al mismo tiempo que le
habría el ojo con el dedo pulgar e índice.
— ¡No me hagas nada te lo suplico! ¡Por
favor no me hagas esto! —decía Khiel mientras que veía como la punta del
cuchillo se le acercaba cada vez más a su ojo
En ese
instante una especie de brillantes símbolos dorados aparecieron en el iris de
su ojo.