martes, 5 de junio de 2012

Cap.5 Ojo por ojo

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Ojo por ojo


K
hiel llegó de madrugada a Prorharbol, saltó del carro cuando vio un cartel que indicaba el nombre de la aldea. Se escabulló por las calles mientras que iba al trote, casi corriendo, buscó alguna posada, dedujo que en un lugar como ese sería donde más posibilidades habrían de encontrarlos. No le quedaban otras opciones.
   No había mucha gente por las calles a esas horas de la noche. De vez en cuando se cruzaba con algún peregrino, con algún lugareño beodo o con algún guardia de la ciudad que estaría patrullando en el turno de una noche aburrida.
   Prorharbol no era muy grande, por tanto sabría tendría más facilidad de dar con una posada o encontrar a Rolan y sus compañeros, aquello le alegró, le dio un atisbo de esperanza en mitad de aquella tempestad que le estaba causando tanta desesperación. Aún muy a su pesar, sentía miedo por atravesar solo aquellas desconocidas calles a esas horas de la noche por temor a la oscuridad, o porque quizás también algún ladrón se aventurase a hacerle daño intentando robarle. ¿Pero quién le robaría? Ya no tenía nada de valor. Además. Estaba un lugar apartado rodeado de montañas y grandes árboles.
   La aldea de Prorharbol gozaba de tener muchos tipos árboles diferentes, la mayoría de los lugareños se dedicaban a la plantación y a la tala de estos, para luego vendérselos a nobles y gente adinerada. Incluso se utilizaban para decorar en los jardines del castillo del mismísimo rey de Ivermon.
   La Aguja Dorada, así se llamaba la única posada que tenía aquella aldea habitada mayormente por leñadores y jardineros.
   No le costó trabajo encontrarla.
   El elfo entró en la posada, tenía el símbolo de una aguja dorada con un cordel de plata dibujados en su cartel, era muchísimo más grande que el Tejón Malhumorado. Al examinarla de un rápido vistazo sus cansados ojos descubrieron a la posadera que la regentaba, una señora un tanto mayor, bajita y rechoncha con un atuendo blanco, al igual que su largo pelo que le llegaba casi hasta la cintura recogido en una coleta.
   Khiel examinó el resto de la posada, había unos leñadores riendo entre ellos acompañados de buena cerveza. También había cuatro tipos muy extraños en otra mesa a los prefirió no mirar. Pero no había ni rastro de Rolan y los demás, ¿acaso llegó tarde? ¿Demasiado pronto? ¿Quizás le escuchó mal a Zaisti y estaba en otro lugar? ¿O es  posible que justo antes hubiese ideado una treta  para que Khiel fuese al lugar equivocado?
   El joven elfo empezó a hacerse cientos de preguntas desesperado, no sabía qué hacer, tenía hambre, tenía sueño, estaba sucio y le dolían las heridas que se hizo al escaparse de la incursión que hicieron los elfos oscuros en Sacua. No había dormido desde antes y se encontraba muy cansado.
   Finalmente decidió ir al mostrador y preguntar a la posadera.
   — Discúlpeme señora —preguntó Khiel humildemente.
   La anciana se le acercó y lo miró con asombro, pero después le dedicó una sonrisa.
   — Hola jovencito —le dijo la señora— ¿qué hace un chiquillo como tú a estas horas de la noche?
   — Verá, estoy buscando a tres personas, son poco mayores que yo, uno de ellos es rechoncho, un poco más alto que yo, el otro es de estatura normal parece fuerte y el último es alto, delgado y tiene el pelo de punta, ¿los ha visto?
   — Déjame pensar...  —dijo la anciana  mientras fruncía el ceño de su arrugado rostro y se cogía de la barbilla. — Sí, estuvieron cenando aquí, pero no estuvieron mucho rato, parecía que tenían mucha prisa, hasta se fueron sin acabarse la comida que habían pedido.
   A Khiel se le iluminó el rostro y mostró una gran sonrisa mostrando una gran alegría.
   — ¿De verdad? ¿Comentaron algo sobre adonde iban a ir?
   — No. Lo siento pequeño —le respondió la posadera.
   Toda la ilusión que se había llevado el chico se desvaneció de repente. Volvía a estar como al principio, ya no tenía ninguna pista en la que seguir, se le esfumó toda la esperanza que tenía.
   A Khiel le sonaron las tripas con tanta fuerza a causa del hambre que hasta aquella anciana se dio cuenta de ello. La posadera lo miró durante un breve rato con lástima.
   — ¿Tienes hambre chico? —le preguntó con empatía.
   — Sí, pero de verdad que lo siento mucho señora, no tengo nada conque poder pagarla —dijo Khiel mientras se ponía la mano en el estómago y agachaba la cabeza.
   — No te preocupes por eso jovencito, siéntate allí —dijo la anciana señalando una mesa vacía— voy a prepararte algo, los jóvenes necesitan comer mucho a vuestra edad para poder crecer sanos y fuertes.
 Khiel no se pudo creer lo que estaba escuchando, aquella anciana le había ofrecido comida a cambio de nada, estaba muy asombrado. Tal vez no todos los humanos despreciaban a los de su sangre después de todo.
   — Gracias señora, muchas gracias de verdad, le prometo que se lo pagaré de alguna forma— respondió Khiel.
   — No hace falta muchacho, ahora ve, siéntate allí y espera a que te traiga la comida ¿de acuerdo? —le dijo con delicadeza mientras que le mostraba una sonrisa.
   Khiel se sentó en una mesa y esperó impaciente a que le trajean la comida. Le costaba mucho mantener los ojos abiertos, tenía mucho sueño pero el hambre que tenía lo mantenía bien despierto.
   — ¡Maldito Rolan! —dijo uno de los hombres que estaba en la mesa de al lado— ¡Esta vez me las va a pagar!
    El muchacho se sorprendió y se dio la vuelta para verlos.
   — ¿Rolan? ¿Has dicho Rolan? Lo conozco, precisamente yo también lo andaba buscando... —dijo Khiel parándose en seco al ver la clase de hombres que eran.
   Eran los cuatro hombres que evitó mirar cuando entró en la posada. El que estaba hablando tenía la cabeza afeitada mostrando la gran cicatriz que sobre ella, era grande y fuerte, también tenía parte de la cara quemada y un ojo tapado por un parche, aquel hombre era tuerto. Vestía un peto de cuero tachonado y unos sobre hombros de acero que lo protegían. En los antebrazos tenía unos brazales de cuero negro los cuales tenían puntas de acero. Parecía peligroso. Otro de ellos era grande, todavía más que el primero, medía casi dos metros y además tenía un cuerpo muy ancho, con brazos gruesos y una barba negra que le llegaba hasta el pecho. Vestía una cota de malla que le llegaba hasta la cintura. Sobre sus hombros descansaban unas zarpas de piel  de oso de los cuales sus pantalones también se habían fabricado con la misma piel. No parecía ser de Ivermon. Y los otros dos restantes eran gemelos, muy delgados, con pelo corto, ojos oscuros y la cara llena de cicatrices. Ambos vestían armaduras de un grisáceo cuero.
   — ¿Eres amigo de Rolan pequeño elfo? —le preguntó el tuerto.
   Khiel se quedó boquiabierto y paralizado por el miedo, estaba muy arrepentido de a ver abierto la boca. Se culpó así mismo por ello.
   — No, de hecho me robó —dijo Khiel con una temblorosa voz.
   Los dos gemelos se miraron mutuamente e intercambiaron una malévola sonrisa mostrando unos dientes amarillos. Aquello hizo que le recorriera un escalofrío por todo el cuerpo y se pusiera aún más nervioso.
   — Así que te robó... —dijo el tuerto con una suave pero fría e intimidadora voz. Le clavó una mirada autoritaria con el único ojo que tenía obligándole a evadir aquel incómodo miramiento  —te robó y te dijo su nombre... qué curioso, no es normal que un ladrón diga su nombre cuando te ha robado, aunque viniendo de Rolan me puedo esperar cualquier cosa.
   A Khiel le temblaban las piernas, tenía ganas de salir corriendo de ahí pero sus temblorosas y castigadas extremidades no le respondían. Tal vez por el cansancio o porque tal vez estaba muerto  de miedo.
   Los hombres se levantaron de sus sillas  mostrando sus desgastadas armaduras de cuero y sus negras botas de placas.
   — Vamos a dar un paseo —dijo el hombre tuerto.
   — No gracias... de verdad... —decía Khiel aún sin poder mantener la mirada fija en la de aquel hombre—  además, la posadera me está preparando la ce...
   — No importa, solo vamos a tomar un poco el aire, será un rato nada más, —le interrumpió el hombre mientras le ponía a Khiel la mano en el hombro. Aquello provocó que se le erizara el pelo, pero la preocupación del elfo aumentó todavía más cuando se percató de que con la otra mano sujetaba un hacha que le llegaba hasta la cintura. —Será divertido.

   Recorrieron las calles de la aldea en dirección hacía la salida, Khiel estaba muy asustado, tenía ganas de salir corriendo y desaparecer de ahí, pero el hombre barbudo tenía una enorme ballesta con la que le podía disparar si intentaba huir, al ver aquel arma, su mente no dejaba de recordar el momento en el que un elfo oscuro le disparó con su ballesta a Ben y de que como su cadáver se desplomó contra el suelo.
   No había nadie por la calle a quien le pudiera pedir ayuda, las correderas de la aldea estaban desiertas, y aunque aquella noche, en aquel lugar y en esa misma hora alguien tuviese la desgracia de toparse con aquellos matones, poco se habría esforzado por ayudar a un elfo con cara de asustado.
   Al llegar a la salida dos guardias la estaban custodiando, aquello lo alegró, aunque sabía que a un guardia iverotano poco le iba a importar la vida de un elfo, también sabía perfectamente que no iban a dejar pasar por alto a un grupo de desconocidos armados hasta los dientes.
   Uno de los guardias, con extrema cautela, se aproximó hasta ellos desconfiado, puesto que apoyaba la palma de la mano en el pomo de la espada.
   — Buenas noches viajeros —dijo el guardia— no sois de por aquí, ¿qué se os trae en Prorharbol a estas horas de la noche?
   Hubo un incómodo silencio. Un silencio que duró poco, pero era tan incómodo que daba la sensación de que parecer una eternidad.
   — Hemos... venido a visitar esta tranquila aldea... —le dijo el tuerto mientras le dedicaba una sonrisa mostrando un diente de plata.
   El guardia examinó con una mirada sospechosa a toda la banda con cierta desconfianza ante sus ojos, después le miró a Khiel fijamente.
   — ¿A visitar la aldea chico? —le preguntó el guardia al joven elfo.
   El tuerto le apretó con fuerza en el hombro al muchacho con su mano izquierda mientras que con la otra sujetaba un cuchillo que lo amenazaba con la punta oculta tras su espalda.
   — Sí... señor... —le respondió Khiel con una temblorosa voz.
   El otro guardia inquieto, estaba revisando unos pergaminos que se le escurrían de las manos, lo hacía muy nervioso, pero no desistió en hacerlo hasta que dio con uno de ellos. Lo examinó detenidamente y después miró al tuerto. Su rostro palideció por completo. Respiró varias veces con profundidad como si se esforzase por mantener la calma.
   — Señor, venga a ver esto —dijo el guardia.
   El guardia con el que estaban hablando les dio la espalda y se dirigió a grandes zancadas hasta su joven compañero, después, con su mano enguantada, cogió el pergamino y lo examinó, al ver su contenido, su rostro delató su asombro. A continuación desenvainó la espada y se dirigió de nuevo a los hombres.
   — ¡Carlin el tuerto! —dijo el guardia mientras se acercaba hasta el opresor de Khiel— en nombre de Ivermon y por orden directa del senado quedas arrestado por triple asesinato.
   En aquel instante Carlin el Tuerto empuñó su hacha y de un rapidísimo movimiento le rebanó el cuello al guardia. La sangre de la víctima se desperdigó y en gran parte terminó salpicando la ropa y el rostro del muchacho.
   Carlin le pegó el tajo con tanta ferocidad que el cadáver del guardia dio un giro de noventa grados cayendo de frente contra el suelo y dejando un charco de sangre. El rojo carmesí de la sangre teñía de sangre todo el suelo. Incluso a esas horas de la noche se podía apreciar la fresca sangre recientemente derramada en el frío y humeante suelo de fango. El cuerpo del guardia dejó caer el pergamino que se posó a los pies de Khiel, entonces lo vio, era un cartel de <<se busca>> con el retrato de Carlin. En él decía: Carlin el tuerto, recompensa de 11.000 iderios por capturarlo.
   A Khiel se le heló la sangre cuando vio el cartel y aquella grandiosa recompensa por capturarlo. Dedujo que debía de ser un hombre muy peligroso para que ofrecieran una suma tan significativa por capturarlo.
   El otro guardia trató de desenvainar su espada pero el hombre barbudo no vacilo durante ningún instante y  le disparó con la ballesta en el pecho haciendo que la punta del virote atravesara su torso con armadura y todo. El virote se clavó en el tronco de un árbol dejando el cuerpo del guardia ahí colgado.
   Khiel se puso blanco, dio un grito de horror e intentó echar a correr pero Carlin le tenía bien sujeto.
   — ¡Elfo de mierda! ¡Tú no te vas a ir a ninguna parte! —exclamó Carlin.
   — ¡Por favor dejad que me vaya! ¡Juro que no diré nada lo prometo! —dijo Khiel desesperado mientras dejaba caer unas lágrimas por el temor que tenía.
   Uno de los gemelos lo silenció golpeándolo con una pequeña porra en la cabeza. Lo dejó sin conocimiento. En ese momento todo se volvió negro.

   El hombre barbudo lo llevaba acuestas apoyado sobre su hombro, doblado por la cintura iba maniatado, con una bolsa de tela negra puesta sobre la cabeza y un trapo atado sobre su boca para asegurarse de que no gritara ni pidiera ayuda.
   Cuando le quitaron la bolsa Khiel descubrió que le habían atado en un árbol en medio de un bosque. No tenía ni idea de donde se encontraba. Uno de los gemelos estaba apoyado en uno de los árboles. Con suma sutiliza, se quitaba con un cuchillo el sarro que tenía en los dientes. Su hermano gemelo mientras tanto, afilaba un cuchillo sin quitarle la vista al prisionero, lo hacía con una sonrisa, como si en cualquier momento se le dispusiera a despellejarlo y después destriparlo.
   Pero ahí estaba Carlin, delante de él, mirándole con sumo desprecio, la mirada su ojo sano no se despegaba del joven elfo. El hombre barbudo en cambio no se encontraba ahí.
   — Vaya, vaya, vaya... —decía Carlin— así que tú también eres amigo de Rolan.
   — No, no lo soy, solo lo conozco porque escuché su nombre cuando me robó —dijo Khiel casi sollozando— ni siquiera me cae bien.
   — No, no, no — decía Carlin mientras movía el dedo en forma de negación— no está bien que hables así de tus amigos. No creo que ni a Rolan, ni al erizo, ni al gordito les hiciera gracia oírte hablar tan mal de ellos.
   — Por favor, no me mates, yo no hecho nada lo juro —suplicó Khiel.
   Carlin le dio un puñetazo en la cara haciendo que su cabeza se golpeara contra el árbol al que estaba atado.
   — ¡Que me digas donde está! ¡Dímelo! ¡Habla de una maldita vez! —decía Carlin mientras le golpeaba varios puñetazos en la cara y en el estómago repetidas veces.
   Los gemelos observaban la escena con una sádica sonrisa, como si disfrutasen con lo que estaban viendo.
   A Khiel todavía le dolía el golpe que le había dado uno de los gemelos en la cabeza. No paraba de llorar al mismo tiempo que sangraba de la boca y la nariz. Un hilillo de sangre se le asomaba por la boca cada vez que la abría para gritar de dolor.
   — No lo sé, no lo sé —le suplicaba el elfo— por favor no sigas haciéndome esto, no le diré nada a nadie lo prometo.
   — ¡A mí no me mientas! —Decía Carlin mientras que le agarraba del pelo y lo golpeaba contra el árbol en el que estaba atado— ¿Sabes lo que me hizo tu amigo? ¡Sabes lo que me hizo!
   Khiel negó con la cabeza mientras seguía llorando con los ojos entrecerrados.
   Carlin se quitó el parche. Y mostró lo que le quedaba de un ojo chamuscado, lleno de suciedad y pus.
   — ¿Ves esto? —decía Carlin mientras que se señalaba con un dedo en el ojo chamuscado— tu querido amigo Rolan me hizo esto, abrasó mi ojo. Y desde entonces soy... Carlin el Tuerto. ¿Es curioso verdad?
    Carlin empezó a reír mientras que Khiel no le quitaba la mira de encima por lo asustado que se encontraba. Era una risa enfermiza. ¿Por qué a él? No le dejaban de ocurrir cosas malas. Una tras otra. Y cuando por fin tuvo algo de suerte y podía comer algo un perturbado y su banda le secuestraba.
   — ¿Pero sabes que es lo más divertido de todo? —decía Carlin mientras que reía entre dientes— que en algunos lugares ya me empiezan a llamarme Carlin el Sacaojos.
   Khiel no dejaba de intentar de respirar mientras que no paraba de jadear tratando de recuperar el aliento, estaba muy pálido, la sangre de la herida que le habían hecho en la cabeza empezó a deslizarse por el ojo y ya le estaba escociendo.
   Carlin deslizaba suavemente la punta de su cuchillo por la cara de Khiel, pero detuvo la punta del arma justo debajo del párpado de su ojo izquierdo.
   — Desde que me dejaron tuerto, me he fijado mucho en los ojos de los demás, ¿sabes? —Decía Carlin sin apartarle la mirada de su ojo de los de Khiel— ¿quieres saber lo que llevo en esta bolsa de cuero?
   Carlin cogió una bolsa de cuero que tenía atada a su cinto, la abrió y le mostró a Khiel lo que tenía en ella.
   En el momento en que Khiel vio el contenido de la bolsa el pánico se apoderó de su cuerpo y el pánico que le hizo sentir provocó que se orinase encima.
   La bolsa estaba llena de ojos, de todos los colores, algunos recientes y otros putrefactos, casi había una docena.
   Carlin vio como Khiel había manchado sus pantalones con la orina.
   — ¿Qué te pasa canijo? ¿Te has hecho pipí encima? ¿Acaso no te enseñaron tus papás buenos modales? El gato que me he comido esta mañana tenía más valentía que tú. Al menos él no se meó cuando lo despellejé vivo para después comérmelo. —Decía Carlin para burlarse de él. — Me parece que te voy a tener que dar una lección para que aprendas buenos modales.
   — ¡No por favor! No me hagas nada, haré cualquier cosa, cualquier cosa...
   — ¡Cállate!— dijo Carlin antes de propinarle una bofetada— ¡ahora voy a sacarte eso preciado ojo verde tuyo!
   Carlin empotró de perfil la cara de Khiel contra el árbol al mismo tiempo que le habría el ojo con el dedo pulgar e índice.
   — ¡No me hagas nada te lo suplico! ¡Por favor no me hagas esto! —decía Khiel mientras que veía como la punta del cuchillo se le acercaba cada vez más a su ojo
   En ese instante una especie de brillantes símbolos dorados aparecieron en el iris de su ojo.

Cap.4 Tejón Malhumorado

                                      
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Tejón Malhumorado

K
hiel se paseaba por Nubría buscando la posada que había oído mencionar al ladrón; El tejón malhumorado. La guardia y muchos de los campesinos del pueblo no eran diferentes a aquellos que estuvieron en el mercado, lo seguían mirando con desprecio y desconfianza.
   Los  rayos del sol ya se asomaban atravesando las blanquecinas y esponjosas nubes, la brisa de la primavera traía un dulce aroma de las jóvenes flores que florecían junto a la fresca hierba y en las ramas de algunos de los árboles. Casi podían ocultar el hedor de los cerdos que se paseaban al libre albedrío.
   El suelo y los caminos la pequeña aldea estaban marcados con numerosas pisadas que yacían en el fango mezclado con algunas heces de animales. La tierra del suelo estaba húmeda y olía a orines de oveja y caballo. La tierra aún seguía algo húmeda por la llovizna que hizo durante la noche.
   La mayoría de las casas de Nubría eran granjas de madera, en donde los granjeros y campesinos cultivaban sus especias para luego venderlas en el mercado. No había una granja que no tuviera una plantación.
   Khiel desesperado estuvo preguntando a todo el que se cruzaba por el camino en  donde estaría la posada de El Tejón Malhumorado, algunos lo ignoraban completamente y ni se dignaban a responderlo, otros negaban con la cabeza y decían falsamente no saber en dónde se encontraba, ni siquiera los guardias trataron de ayudarle incluso después de a ver mencionado que fue víctima de un robo. Uno de ellos hasta le amenazó con propinarle una bofetada si no se apartaba de su vista.
   El muchacho se arrepintió de no a ver seguido la pista de los ladrones hasta la posada cuando tuvo la oportunidad, le daba miedo ir tras ellos y de que alguno, asqueado, se diera la vuelta y le propinase otro golpe. Pero al fin tuvo algo de suerte, una granjera que llevaba una cesta llena de cebollas y zanahorias se dignó a responderle y darle unas indicaciones para llegar a la posada.
   No tardó mucho en llegar a la posada, estaba en el centro de la aldea, situada en una pequeña plaza que tenía un pequeño jardín con árboles y bancos de madera en donde poder sentarse.
   Las ventanas de la posada eran de vidrio amarillo y tenía un viejo cartel de madera con un tejón de color rojo, la posada no era muy grande pero tenía dos grandes puertas de madera en la entrada.
   Nada más entrar dentro de la posaba la examinó de arriba abajo para ver si encontraba a los tres ladrones, y ahí los encontró comiendo y bebiendo en una vieja mesa de madera. Estaban disfrutando cordero asado, acompañado de un pan de leña recién hecho, a Khiel se la caía  la baba, viendo cómo se llevaban a la boca ese manjar de carne, crujiente pero al mismo tiempo sabrosas, con un punto de sal, con ajo frito y picado que le daba un toque de sabor. No había comido desde la mañana anterior y le sonaban las tripas. Ver toda aquella comida fuera de su alcance le hizo recordar los “lujos” que se  perdía con los Algred aunque no le dejaban entrar en la cocina y solo de dieran de comer  las sobras que dejaban en sus comidas. Sin duda se estaban dando un gran festín a su costa, la carne era el alimento más caro que  pudiera haber.
   Los ladrones se percataron de que Khiel los había encontrado de nuevo. Cuando Rolan alzó la cabeza para tomarse las ultimas gotas de su jarra de cerveza y vio que el elfo los había encontrado hizo un gesto de agobio.
   Se le quedaron observando durante unos instantes hasta que finalmente Rolan se levantó de la mesa y se acercó a Khiel a grandes zancadas.
   — ¿Pero qué es lo que pasa contigo? —Preguntó Rolan aún con algo de comida en su boca— ¿tú nunca te cansas?
   — No, y estaré detrás de vosotros hasta que me devolváis mi libro y mi espada.
 Rolan suspiró profundamente, miró hacia el suelo y después clavó su mirada en los ojos verde esmeralda de Khiel, después dirigió su mirada a sus compañeros que los observan atentamente.
   — Está bien, mira, —comenzó a decir Rolan— puede que no hayamos sido buenos contigo, y puede... que me pasara un poco con aquel puñetazo que te he pegado...
   — ¿Solo un poco? ¿Has visto como me has dejado el ojo? Todavía me duele. —se quejó el elfo señalando su lesión.
   — Mira, acepta mi invitación, ven a comer con nosotros —dijo Rolan mientras le ponía la mano en el hombro.
   — ¿Y qué pasa con mi espada? ¿Y mi libro?
   — Escucha, —continuó Rolan— tu come con nosotros, pareces hambriento y visto lo visto, invitarte a comer es lo mínimo que podemos hacer por ti. Y no te preocupes por la espada, después de comer negociaremos una manera en la que podamos pagártelo. ¿Qué me dices?
   Rolan extendió su brazo para darle la mano a Khiel. El elfo dudó durante un momento pero al final le estrechó la mano a la vez que sonreía.
   — Está bien, trato hecho —dijo Khiel lleno de emoción.
   Aquel joven le dedicó una sonrisa de oreja a oreja.
   — Muy bien, así me gusta, tu sí que sabes negociar, ahora ven con nosotros —le invito Rolan mientras se lo llevaba consigo hasta la mesa en donde estaban sus compañeros.
   Khiel se sentó junto a Rolan, pese a lo que le pasó en la noche anterior en Sacua y lo de aquella mañana empezó a sentirse contento, se sentía aceptado con esa gente pese a lo que le habían hecho.
   — ¡Posadero! ¡Agua fresca y cordero para mi fiel compañero! —dijo el ladrón mientras que alzaba y agitaba la mano en señal invitación.
   En la posada no había mucha gente. Solamente estaba el posadero, un hombre en la barra borracho sentado en un taburete de madera con un vaso lleno de licor, y dos mercaderes comiendo codorniz acompañado de vino en una mesa como la de ellos.
   Al llegar el posadero le sirvió una jarra de agua con un vaso y un plato de madera con el cordero. El posadero era un tipo muy grande, con brazos anchos y peludos y con la cabeza afeitada, tenía una nariz grande y respingona que se le disimulaba con su largo y puntiagudo bigote.
   Nada más servir el plato, Khiel se arremangó y se abalanzó sobre la comida devorándola presa del hambre que tenía.
   Todos lo miraron asombrados por la manera en que se estaba comiendo aquel delicioso plato fruto del hambre que sentía. Era obvio, llevaba mucho tiempo sin comer.
   — Deja que te presente a mis leales compañeros, —comenzó a decir Rolan ignorando la manera en que Khiel devoraba la carne— el rechoncho que tienes delante se llama Baco, si estamos aquí es por él, es nuestro bardo y cocinero, el cordero que estás comiendo ahora no es nada comparado con lo que pueda cocinar él, sin sus platos y sus cuentos populares, nuestro “equipo”, por llamarlo de alguna manera, no sería el mismo y sería todo más aburrido.
   —  ¿Equipo? ¿Sois una especie de banda o algo así?  —preguntó Khiel mientras comía sin parar.
   — Oye, oye, no hables con la boca llena y mastica con la boca cerrada ¿quieres? ¿Acaso no te han enseñado modales? —dijo el otro ladrón mientras jugueteaba con su moneda de plata mientras se la pasaba entre los dedos.
   — Perdónale —dijo Rolan después de dar un sorbo a un vaso de agua— ese es Zaisti, tu no le hagas caso, es muy quisquilloso. Es un experto jugador de cartas, y no hay cerradura que se le resista. Siempre tiene un as bajo la manga.
    Acto seguido Zaisti hizo un movimiento con la muñeca y se sacó un as de diamantes de la manga.
   Khiel se llevó otro gran trozo de carne a la boca y lo tragó casi sin masticar.
   — ¿Y tú qué? ¿Cómo te llamas? ¿Y que hace un elfo como tú por estos lugares? Ya no es muy habitual ver a tu gente por estas tierras —preguntó Baco.
   — Me llamo Khiel y lo cierto es que mucha gente me hace la misma pregunta, y la verdad, es que no lo sé, —dijo el elfo mientras cogía un trozo de pan y se lo llevaba a la boca— una familia de Sacua me encontró a orillas de un río sin conocimiento cuando era muy pequeño, nunca he conocido a mis verdaderos padres, siempre he...
   — Un momento —interrumpió Zaisti— ¿eres de Sacua?
   — Sí, unos tipos con vestiduras negras vinieron a la noche y...
   — Estamos enterados de lo que pasó —le interrumpió Rolan— los elfos oscuros atacaron la aldea, y lo más extraño es que mataron a todos los campesinos. No hicieron prisioneros. Fue una autentica masacre, todo el mundo habla de ello.
   — ¿Extraño por qué? —Preguntó Khiel— lo poco que sé de ellos es que son los descendientes oscuros de los altos elfos y que son unos mortíferos atacantes y unos despiadados asesinos. No había mucha información en la biblioteca de la finca en donde me había criado, desde que tengo memoria trabajé en ese lugar como un vulgar siervo hasta ahora.
   — Así que eres una rata de biblioteca... has estado viviendo debajo de una piedra ¿verdad? Se nota que no viajas mucho. La gente tiene miedo hasta para hablar de ellos. Los elfos oscuros entran a nuestras tierras a capturar a la gente y usarlas como esclavos para sus fines oscuros, para ellos no somos más que ganado —dijo Zaisti mientras untaba mantequilla en un trozo de pan —es lo único que se sabe, una vez que se llevan a la gente no se sabe más de ellos.
   — Atacaron a gente inocente, a hombres, mujeres y niños que no podían defenderse —dijo Baco mientras apretaba con fuerza el vaso— hubo muy pocos supervivientes, no sabes la suerte que tienes de seguir con vida.
   — Lo que yo no comprendo es que hacían tan al sur, normalmente llegan con sus arcas negras y atacan por el norte, y lo más extraño de todo es la presencia de los altos elfos, se supone que ya no son aliados Ivermon —dijo Rolan mientras se llevaba el último trozo de comida a la boca.
   Khiel no dejaba de mirar a un cuadro que había en la posada. Tenía un marco de madera de pino tallado a mano, y  mostraba el dibujo de un océano en pleno amanecer. Nunca había visto algo así, ni siquiera en la colección de arte que poseía Tomas.
   — Parece que sabes apreciar el arte ¿verdad? —dijo Baco mientras el también observaba el cuadro— es un gran lienzo, una maravilla para la vista, pero es algo que no se sabría apreciar en un antro como este, en el que por las noches, se llenan de borrachos endebles.
   — Lo cierto es que en la finca donde trabajaba había muchos cuadros, y de una gran colección sin duda —dijo Khiel sin quitarle la mirada de encima— pero este se lleva la palma.
   — En fin  —dijo Rolan mientras se estiraba y daba un largo bostezo— ¿Puedes ir a por agua? después de este atracón que nos hemos dado estamos muy sedientos.
   — Por supuesto, ¿porque iba a negarme?, al fin y al cavo parecéis buena gente —dijo Khiel entusiasmado.
   Mientras que el elfo se levantaba escuchó a Zaisti decir algo de ir Prorharbol pero no le hizo mucho caso. Fue como un susurro que entro por sus oídos y se perdió en su memoria.
   El joven elfo se dirigió a la barra en donde estaba el posadero mientras que le llevaba la jarra vacía.
   — Sírvame agua por favor —le dijo Khiel al posadero.
   Aquel hombre ni siquiera le hizo el amago se servirle la jarra. Únicamente le miraba fijamente a los ojos, con gran desprecio mientras que limpiaba un plato con un paño húmedo.
   — Te lo serviré cuando me pagues la cuenta —le contestó el posadero con una tonalidad hostil.
   — No te preocupes por eso, aquellos tipos de ahí lo van a pagar todo —dijo Khiel mientras señalaba la mesa vacía en donde habían comido.
   — ¿Qué tipos? ¿Tus amigos que se acaban de ir a hurtadillas?
   Khiel se volvió y miró a su espalda, para su sorpresa descubrió que ya no había nadie, la mesa estaba vacía, los ladrones ya se habían ido, se habían esfumado, habían dejado a Khiel solo y con una deuda pendiente ante el posadero. Habían vuelto a engañarlo.
   ¡Ingenuo! Ingenuo además de necio. ¿Cómo podía haberse fiado de aquellos ladrones después de lo que le habían hecho? Le habían vuelto a engañar. Le habían estado manipulando con un gesto generoso y amables palabras hasta que mordió el anzuelo. Cayó en esa patética trampa. Se sentía como un estúpido. <<Maldito Rolan, ha vuelto a engañarme>> —pensó Khiel.
   — Oye, ellos dijeron que pagarían la comida, y además, ni siquiera son mis amigos —balbuceaba el elfo en mitad de lamentos.
   — ¿Estás seguro? —Dijo el posadero— recuerdo perfectamente haber oído decir a uno de ellos que eras su “fiel compañero”. A sí que mocoso, deja de tomarme el pelo y paga la cuenta de una vez. Me debes treinta iderios de cobre.
   Treinta iderios de cobre. Eso era mucho para Khiel. Era demasiado dinero para casi cualquiera. En aquellos tiempos de guerra mucha gente se había quedado sin dinero como para poder permitirse pagar una comida en una posada. Se acababa tomar un lujo que muy pocos habrían podido pagar.
   El iderio, la codiciada moneda de Ivermon. Algunos hasta mataban por hacerse con aquellas monedas de diferente tamaño y valor. Todas ellas gozaban de tener en una de sus caras el símbolo de los cuatro pétalos blancos de Ivermon, mientras que en la otra cara estaba el rostro del rey William. Acababa de abandonar Sacua y ya estaba endeudado.
   —Te estoy diciendo la verdad —dijo Khiel mientras empezaba a ponerse nervioso— lo cierto es que vine aquí a buscarlos porque me robaron.
   — ¡Mira renacuajo insolente! ¡Deja decir tonterías! O pagas la deuda o llamo a la guardia y lo solucionamos en un momento.
   — No por favor, —suplicó Khiel— te lo ruego, ¿no hay otra manera en la que podamos negociar este malentendido?
   El posadero miró a su alrededor observando a la muchedumbre que acababa de entrar en la taberna, después miró de nuevo al muchacho mostrando una sonrisa.
   —Ya lo creo que sí...
   Para poder pagar la deuda Khiel tuvo que trabajar durante todo el día hasta casi media noche, sirviendo comida y bebida a hombres borrachos que no dejaban de insultarle y arrojarle su bebida además de escupirle. El posadero fue muy grosero con él, le hizo trabajar más de lo que valía la cuenta y sacó el mayor provecho y beneficio de ello. Cuando hubo terminado el día Khiel estaba agotado, tenía hambre de nuevo y el posadero se negó a darle un solo bocado. Ni siquiera le dejó que se llevara un trozo de pan duro. El posadero afirmó que prefería dárselo a los cerdos antes que acabase en su estómago. Todo era culpa de Rolan y sus amigos. Por culpa de ellos lo estaba pasando así de mal. ¿Pero que les había hecho el para que le hicieran todo aquello? ¿Acaso no tenían suficiente con haberle robado? El no hizo nada malo. No merecía ser tratado de esa manera.
   Dejó de comparecerse de sí mismo y decidió centrarse en sus objetivos. Cuando saliera de la posada tendría que volver a buscarlos. ¿Pero por dónde empezaría? ¿En Prorharbol tal vez?
    Era casi media noche cuando dejo la posada. Aprovechó un despiste del posadero para escabullirse y escapar de aquella tortura. Pero no sin antes echar un último vistazo al cuadro de la posada. Era impresionante. Un regalo para la vista sin duda. Y ahí estaba. Un buen cuadro en el que muy pocos se fijarían. Olvidó tales pensamientos y salió de la posada al exterior de las calles. No había ningún alma. Se frotó los brazos porque hacía viento fresco. La primavera acababa de empezar y los indicios del invierno aún no se habían esfumado.
   No sabía a donde debía dirigirse, pero parecía que la suerte que le ofreció el destino le había sonreído de nuevo. Un comerciante que iba montado en un carro arrastrado por una mula llevaba como mercancía unos barriles de madera llenos de cerveza en el que tenían puesto una etiqueta que ponía  Prorharbol.  Se dirigió al carro con sumo sigilo, nadie vio cómo se coló y se ocultó entre la mercancía. Se agachó y se escondió entro los barriles haciéndose casi invisible. Esconderse se le daba muy bien. No quería arriesgarse en pedir ayuda al comerciante, puesto que no tenía nada que ofrecerle y la desconfianza que alertaría al mercader negaría al muchacho viajar con él.

   Tenía un nuevo objetivo, llegar a Prorharbol y encontrar a Rolan y sus amigos. Pero esta vez no lo engañarían. Había aprendido a ser menos ingenuo y más desconfiado. No, de ninguna manera lograrían volver a engañarlo. Esta vez no, y Khiel estaba seguro de ello.

Cap.3 Perejil y especias




                                                    3
Perejil y especias


A
ún era de noche cuando Khiel seguía corriendo. No sabía a donde iba, solo iba de frente, sin rumbo, guiándose a ciegas con sus ojos de elfo y fiándose únicamente de su instinto. Los gritos de la aldea en donde se había criado cesaron porque ya se había alejado lo suficiente como para que sus oídos no captasen aquellos tormentos. Jamás en su vida había estado tan lejos de su hogar, aunque él no lo consideraba como tal, ya que había sido discriminado y había sufrido grandes abusos por sus habitantes.
   Al final se detuvo para recuperar el aliento, jamás en su vida había corrido tanto como aquella vez, y tampoco antes había sentido tanto miedo, la fatiga se había apoderado de todo su cuerpo, tenía hambre, y pese a todo por lo que le los Algred le habían hecho pasar, sentía lástima por ellos, nunca se imaginó que todo cuanto había conocido hasta entonces acabaría así. Khiel siempre soñó con tener una aventura como la de los personajes de los libros que leía, pero esta no se parecía en nada a esas aventuras que desde niño anhelaba tener. Esta era oscura y macabra. Estaba viviendo una pesadilla de la que no podía despertar.
   El elfo miró a su espalda para asegurarse de que ninguno de los atacantes lo había seguido. Pero de pronto escuchó un sonido. Un sonido tan inesperado que lo obligó a permanecer en alerta y se le erizara toda la piel. Caminó unos pasos hacia atrás esperando a que algún asesino que apareció en su aldea se le manifestara para acabar con su vida de la forma más trágica.
   — Por favor. No me hagas daño —dijo el elfo asustado.
   Tembloroso siguió caminando hacia atrás hasta que de pronto contactó con algo afilado que le apuntaba en la espalda. Tal vez la punta de una espada o la daga de un asesino que estaría dispuesto a degollarlo por detrás.
   ¿Acaso varios de aquellos incursores lo siguieron hasta el bosque? No lo sabía con certeza.
   — Por favor. No me matéis. Yo no hecho nada malo —dijo el elfo sollozando.
   No hubo respuesta.
    De pronto un ratón de campo apareció entre la meza. Solo era eso. Un ratón. Un simple e indefenso roedor le había asustado. No era ningún asesino que le acechaba en la oscuridad. Después se dio la vuelta para ver quién le estaba apuntando con un arma y descubrió que detrás de él no había nadie. Solo era un árbol raquítico y esa arma que le apuntaba sobre la espalda no era más que una rama de aquel árbol seco.
   Sintió vergüenza por todo aquello. Se sentía un cobarde por huir de la aldea, por asustarse de un ratón y de confundir a un pequeño árbol con un asesino. No se parecía en nada a su héroe preferido.
   Su cuerpo sudoroso y tembloroso no era consciente de las heridas que tenía, y tampoco del frío. El elfo estaba demasiado ocupado tratando de recuperar el aliento para darse cuenta de aquello. Unos nubarrones que se aproximaban del norte comenzaron a tapar las estrellas, el chico se sentía muy mareado, llevaba mucho tiempo sin comer y había hecho un gran esfuerzo en huir hasta donde estaba, no se sentía a salvo, pero estaba tan cansado que se arrastró su fatigado cuerpo aun jadeante hasta un árbol, optó por sentarse y acomodarse entre sus ramas. Después, sus verdes ojos dejaron caer unas lágrimas que se deslizaron suavemente por sus mejillas. Se colocó las dos manos en la cara y a continuación angustiado se echó a llorar como nunca lo había hecho antes hasta quedarse totalmente dormido.

   Khiel se despertó de nuevo en la pequeña aldea, seguía siendo de noche, sentía frío y calor al mismo tiempo, no sabía cómo había llegado hasta ahí, su espada había desaparecido, el cielo se había vuelto de un color rojo oscuro. Pero de pronto unos nubarrones tan negros como la noche acompañados de una bruma verde inundaron parte del cielo escarlata que iluminaba la aldea. Se podía ver toda la masacre que albergaba.
   Todos los aldeanos estaban muertos. Apilados unos encima de otros. Otros estaban ahorcados y algunas de sus cabezas estaban separadas de sus cuerpos clavadas en unas lanzas.
   El muchacho estaba aterrorizado al ver toda aquella masacre. No solo le pareció una carnicería sino que también parecía ser una profanación para adorar a algún dios oscuro que desconocía. De pronto apareció el jinete que anteriormente le había intentado estrangular con el látigo. Tenía las tres flechas que le dispararon clavadas en el pecho, a su corcel negro le habían salido cuernos de demonio y unos colmillos de lobo empapados de sangre fresca, al jinete le brillaban los ojos de un color rojo escarlata  mientras alzaba una lanza con la hoja negra hacia el cielo. La luna se había vuelto roja como si toda ella se hubiera manchado de sangre.
   Khiel se sobresaltó, le sudaba todo el cuerpo y echó a correr presa del pánico que sentía. Al indefenso muchacho le recorrió un escalofrío por la espalda al darse cuenta de que el jinete lo perseguía con su demoníaco corcel como una bestia detrás de su presa se tratase.
   El elfo huyó al sotobosque. Se adentró entre los árboles. Todo estaba oscuro y todas las plantas se habían vuelto negras, atravesó un campo de maleza y zarzas. Las plantas, la maleza, las zarzas y los arbustos le hacían profundos cortes desgarrándole la piel y castigándole con  profundas heridas cuando trataba de atravesarlos, sus vestiduras se habían teñido de sangre.
   Una vez atravesado aquel siniestro bosque, el joven elfo se sobresaltó al ver que había llegado otra vez hasta Sacua. No pudo creerse lo que estaba viendo. Había corrido en dirección contraria a la pequeña aldea y se había encontrado de nuevo ahí.
   El jinete y su infernal montura le pisaban los talones, ya casi podía sentir el aliento del animal sobre su nuca provocando que al muchacho se le erizara la piel. El aliento le sabía a sangre. Tropezó con una piedra y cayó al suelo estrepitosamente. Entonces el jinete alzó su lanza y se la clavó en el abdomen atravesándole el cuerpo entero, un insoportable dolor le recorrió todo el cuerpo al mismo tiempo que la sangre brotó por su boca.

   Khiel se levantó de un salto a causa de aquella pesadilla, aún tenía la sensación del sabor a sangre sobre su paladar, tenía la ropa empapada de agua por la llovizna que hizo durante la noche mientras que permaneció dormido, seguía hambriento, se sentía mareado y le dolía la cabeza. Pero para su sorpresa tres figuras estaban delante de él.
   Uno de ellos estaba agachado justo en frente de él y descubrió que había cogido la espada que tomó de la biblioteca aún envainada en su mano, era joven, apuesto, no mucho mayor que él. Tenía los ojos azules, pelo negro y oscuro con barba de una semana. Vestía unas botas de piel.  Tenía las manos sucias y sobre ellas mostraba algunos callos. Llevaba puesto unos pantalones marrones y una camisa grisácea la cual en otros tiempos había sido blanca. Sobre su cuello colgaba un collar el cual tenía un colmillo.
   El otro era algo más bajito que el primero, de la misma edad, con algo más de peso, un ondulado cabello de color castaño claro y unos ojos de color miel. También vestía unas botas, como el primero, aunque estaban más desgastadas. Tenía un cinturón de cuero el cual dejaba ver varios bolsillos. Y su torso era cubierto por un atuendo de tela muy común entre la plebe.
   El último era el más alto de los tres, pero también el más delgado, era pálido, tenía el pelo oscuro y de punta, sus ojos eran azules y un pañuelo del mismo color que sus ojos rodeaba su cuello. Tenía las manos arremangadas mostrando sus blanquecinos antebrazos y unos pantalones de un descolorido color negro.
   — Rolan, se ha despertado —escuchó decir a uno de los jóvenes.
   Antes de que el chico pudiera hacer o decir nada vio como un puño se aproximaba propinándole un golpe en la cara y dejándolo sin conocimiento.
   Khiel se despertó con un ojo morado. Miró a su alrededor y no había nadie, su espada y su libro habían desaparecido. Era todo lo que tenía. Se sintió realmente furioso al darse cuenta de que le habían robado. ¿Pero porque harían algo así? El ni siquiera debería de estar ahí. Si en Sacua no hubiera sufrido aquella masacre el seguiría allí. A esas horas de la mañana ya se abría levantado para ordeñar las vacas. Por lo menos le habría dado un bocado a un trozo de  queso y a un pan duro para saciar su apetito. Y en vez de eso. Estaba perdido en un bosque, le habían robado,  y además le habían propinado un fuerte golpe en la cara.
   El elfo se llevó la mano al estómago cuando de pronto le sonaron las tripas a consecuencia del hambre que experimentaba. No había cenado desde el día anterior y además por la posición del sol ya sabía que el mediodía estaba cerca, llevaba demasiadas horas sin comer para sentirse con fuerzas como para seguir caminado. Pero no podía permitirse quedarse ahí lamentándolo.
   Debía de buscar a los ladrones y rápido, pero no sabía ni por dónde empezar.
   El suelo del sotobosque aún estaba húmedo por la llovizna que hizo durante la noche, la hierba era joven y fresca, las flores habrían sus pétalos para alimentare de los rayos del sol primaveral, los pájaros piaban y buscaban alimentos para sus crías y de vez en cuando se escuchaba el graznido de algún cuervo que deambulaba por la proximidades. El elfo se preguntó de qué tal vez era mejor que hubiese sido un pájaro. Viviendo en la ignorancia preocupándose únicamente de buscar lombrices. Ante todo, se dio cuenta de que era un día realmente precioso.
   Se dirigió corriendo en una dirección sin saber ni siquiera a donde iba, temía no hallar ninguna salida, pero era la única opción que le quedaba.
   El elfo no se detuvo hasta que escuchó los pasos de un animal tirando de un carro de madera. Se dirigió corriendo en dirección al lugar en donde se escuchaba el sonido y descubrió un camino empedrado y una vieja mula arrastrando un carro de madera lleno de paja conducido por un viejo hombre. 
   El anciano llevaba un atuendo gris, tenía un arrugado rostro, era casi calvo y tenía ojos grises. Estaba fumando hierbas con una pipa echa de madera de encina.
   Khiel se le acercó jadeando he intentado recuperar el aliento.
 El anciano paró el carro y forzando sus cansados ojos miró al muchacho de arriba abajo un tanto asombrado.
   — ¿Querías algo joven? —le preguntó el anciano fijándose en el ojo morado que tenía y sorprendiéndose al mismo tiempo por ver a un elfo.
   — Sí, —consiguió decir Khiel cuando recuperó al fin el aliento— ¿Ha visto a tres jóvenes más o menos de mi misma edad por aquí?
   El anciano se detuvo un momento y frunció el ceño haciendo que sus cejas grises se hicieran una sola, pensativo con la mirada perdida, le dio una chupada a la pipa y después lanzó un aro de humo. A continuación miró a Khiel una vez más.
   — Sí —contestó al fin el anciano— parece que se dirigían a Nubría.
   — Gracias —dijo Khiel mostrando una sonrisa de alivio ante su rostro— ¿En qué dirección se encuentra?
   — Sigue este camino hacia el norte. No tiene pérdida, se encuentra a menos de dos kilómetros.
 —le señaló el anciano mientras que le indicaba el camino con la pipa en la arrugada mano.
   — Gracias, no sabes de la ayuda que has sido para mí —le dijo Khiel con humildad.
   El elfo se dirigió aún fatigado en la dirección que le había dicho el anciano.
   El viejo hombre lo miró durante un breve instante, examinándolo detenidamente. Después se sacó la pipa de la boca una vez más para poder hablar.
   — Chico —comenzó a decirle el anciano— yo también me dirijo en esa dirección, si lo deseas podría llevarte hasta allí. Pareces fatigado.
   Khiel no pudo creerse lo que acababa de oír, eran una de las pocas palabras amables que le habían dicho en su vida.
   — ¿De verdad que harías eso por mí? —dijo Khiel asombrado.
   — Por supuesto jovencito, a la vieja Clarisa y a mí no nos importaría nada ¿verdad? —decía el anciano mientras que daba unas palmadas a la vieja mula.

   Khiel agradeció al anciano que le llevara hasta Nubría.
   Nubría era otra de las muchas aldeas, poco mayor que Sacua, se ganó su fama por la reputación que de sus granjas, pero lo que más destacaba era en el perejil que tenía, un perejil tan bueno que los mejores cocineros y los nobles se tomaban la molestia de viajar hasta allí solo por las especias que se cultivaban los granjeros de esa aldea.
   Khiel llegó justo en la época de la cosecha, los días de primavera en que todos los granjeros mostraban sus mejores cosechas y plantaciones que habían estado cultivando durante todo el año. Además, todos los granjeros de la comarca y de sus inmediaciones aprovechaban la ocasión para viajar hasta ahí por la presencia de los mercaderes, que venían a hacer compras para hacer sus negocios.
   Al llegar la aldea, el elfo pudo ver que en la entrada había una paloma negra con manchas blancas encima de un cartel de madera en el que decía: Bienvenidos a Nubría, en estas dos semanas celebramos el festival de la cosecha.
   Khiel se despidió de aquel anciano y le volvió a dar las gracias por su amabilidad, pero antes de que se fuese le aconsejó que dirigiese al festival, ya que era el lugar más idóneo para encontrar a alguien.
   El elfo no había desoído aquel consejo y entró en una calle repleta de mercaderes de todas las zonas del reino, algunos vendían verduras y especias, y también había quien vendía armas y armaduras para algún afortunado con dinero que pudiera permitirse comprarlos en aquellos tiempos de guerra y pobreza.
   Toda la gente de la zona miraba a Khiel con desprecio y desconfianza, pero eso a él no le importaba, porque en Sacua le pasaba lo mismo y ya estaba más que acostumbrado a la discriminación y a las malas miradas.
   Hubo tiempos en los que los enanos, elfos y gnomos viajaban por Ivermon con total libertad, al igual que los humanos viajaban por sus tierras. Pero los últimos acontecimientos de la guerra habían hecho que unos desconfiaran de los otros y las embajadas habían sido abandonadas. En los últimos tiempo ver a elfos caminar por las tierras de los humanos era muy inusual por no decir que podía ser de lo más extraño.
   Al fin vio a los tres ladrones, los encontró delante de un mercader y pudo apreciar como el ladrón que le pegó el puñetazo intercambiaba la espada que le había hurtado a cambio de una bolsa de monedas. Mientras tanto, en la tienda de al lado, el ladrón de pelo castaño y ondulado olfateaba el aroma de unas especias y posteriormente le compraba un frasco de perejil al granjero que regentaba aquel puesto.
   El ladrón de pelo de punta, jugueteaba con una moneda de plata, la pasaba de un dedo a otro como si fuera un juego al que había invertido muchas horas. Lo hacía con suma maestría. Cuando sus desconfiados ojos se fijaron en la multitud descubrieron que Khiel los había encontrado e instantáneamente le hizo un gesto a su compañero para advertirle que el elfo estaba allí.
   Cuando el ladrón vio a Khiel mostró un gesto de desprecio.
   — ¡Vosotros! ¡Ladrones! —Exclamó Khiel enfurecido a su vez que los señalaba— devolvedme mi libro y mi espada.
   Los tres ladrones intercambiaron miradas de asombro. Medio  mercado los observaba atentamente, sin bajar la guardia, habían oído la palabra “ladrón” y permanecían alerta vigilando sus pertenencias y con una de sus manos apretando con fuerza sus bolsas de monedas. Temían que se las robaran. En los últimos años la guerra había empobrecido considerablemente el reino de Ivermon y el hambre y la pobreza había hecho que hubiese más delincuencia en las calles de las aldeas, pueblos y ciudades.
   El ladrón que lo golpeó se dirigió junto con sus compañeros a grandes zancadas hasta Khiel. No les pareció importar que los granjeros y mercaderes los estuvieran observando. No se detuvo hasta posicionarse cara a cara con él, provocó que el elfo intimidado retrocediera medio metro delatando su escaso valor.

   — Creo que me quedaré con tu libro y con el dinero que he ganado vendiendo tu espada —dijo el ladrón mostrando una sonrisa de burla y arrogancia.
   — ¿Tu eres Rolan verdad? —Le dijo Khiel— pues quiero que sepas que me sé tu nombre y que como no me devuelvas lo que me habéis robado pienso denunciaros a las autoridades —les amenazó esperando que se disculparan y le devolvieran lo que le robaron.
    Los tres ladrones se miraron mutuamente intercambiando miradas, después miraron a Khiel y estallaron a carcajadas.
   — ¡A las autoridades dice...! —Dijo Rolan balbuceando en mitad de la risa.
   — ¿De dónde ha salido este personaje? Me meo de la risa, no puedo más... —dijo el ladrón de pelo de punta sin parar de reír.
   — ¿A quién nos vas a denunciar elfo? ¿A la guardia? —Le dijo Rolan en tono de burla. — Si ni siquiera prestan ayuda a los que de verdad lo necesitan como para ponerse a ayudar a un sucio y andrajoso elfo. ¡No te harán ni el más mínimo caso porque nadie confía en un elfo! ¡Solo eres escoria! ¡Un saco de mentiras y de falsas promesas con pactos rotos al igual que los de tu maldita raza!
   Rolan cogió de la cintura a sus dos compañeros. Después se giraron y le dieron la espalda como si el elfo fuera un mendigo al que repudiaban.
   — Vamos señoritas —dijo Rolan— nos vamos a la posada del Tejón Malhumorado. ¡El elfo del ojo morado nos invita a un gran festín!
   Khiel observó cómo los tres ladrones desaparecían a carcajadas entre la multitud. La muchedumbre ya se había desinteresado de lo ocurrido y habían vuelto a sus tareas.
   ¿Cómo era posible todo aquello? Le habían robado y golpeado. Y por si no fuera poco se habían mofado del él. Eso era inadmisible. ¿Cómo le podían haber hecho todo eso? El no merecía ser tratado de aquella manera. Respiró hondo y apretó fuertemente los puños.
 <<De eso nada, os seguiré hasta donde haga falta si es necesario para recuperar lo que es mío>> —pensó Khiel.