martes, 5 de junio de 2012

Cap.5 Ojo por ojo

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Ojo por ojo


K
hiel llegó de madrugada a Prorharbol, saltó del carro cuando vio un cartel que indicaba el nombre de la aldea. Se escabulló por las calles mientras que iba al trote, casi corriendo, buscó alguna posada, dedujo que en un lugar como ese sería donde más posibilidades habrían de encontrarlos. No le quedaban otras opciones.
   No había mucha gente por las calles a esas horas de la noche. De vez en cuando se cruzaba con algún peregrino, con algún lugareño beodo o con algún guardia de la ciudad que estaría patrullando en el turno de una noche aburrida.
   Prorharbol no era muy grande, por tanto sabría tendría más facilidad de dar con una posada o encontrar a Rolan y sus compañeros, aquello le alegró, le dio un atisbo de esperanza en mitad de aquella tempestad que le estaba causando tanta desesperación. Aún muy a su pesar, sentía miedo por atravesar solo aquellas desconocidas calles a esas horas de la noche por temor a la oscuridad, o porque quizás también algún ladrón se aventurase a hacerle daño intentando robarle. ¿Pero quién le robaría? Ya no tenía nada de valor. Además. Estaba un lugar apartado rodeado de montañas y grandes árboles.
   La aldea de Prorharbol gozaba de tener muchos tipos árboles diferentes, la mayoría de los lugareños se dedicaban a la plantación y a la tala de estos, para luego vendérselos a nobles y gente adinerada. Incluso se utilizaban para decorar en los jardines del castillo del mismísimo rey de Ivermon.
   La Aguja Dorada, así se llamaba la única posada que tenía aquella aldea habitada mayormente por leñadores y jardineros.
   No le costó trabajo encontrarla.
   El elfo entró en la posada, tenía el símbolo de una aguja dorada con un cordel de plata dibujados en su cartel, era muchísimo más grande que el Tejón Malhumorado. Al examinarla de un rápido vistazo sus cansados ojos descubrieron a la posadera que la regentaba, una señora un tanto mayor, bajita y rechoncha con un atuendo blanco, al igual que su largo pelo que le llegaba casi hasta la cintura recogido en una coleta.
   Khiel examinó el resto de la posada, había unos leñadores riendo entre ellos acompañados de buena cerveza. También había cuatro tipos muy extraños en otra mesa a los prefirió no mirar. Pero no había ni rastro de Rolan y los demás, ¿acaso llegó tarde? ¿Demasiado pronto? ¿Quizás le escuchó mal a Zaisti y estaba en otro lugar? ¿O es  posible que justo antes hubiese ideado una treta  para que Khiel fuese al lugar equivocado?
   El joven elfo empezó a hacerse cientos de preguntas desesperado, no sabía qué hacer, tenía hambre, tenía sueño, estaba sucio y le dolían las heridas que se hizo al escaparse de la incursión que hicieron los elfos oscuros en Sacua. No había dormido desde antes y se encontraba muy cansado.
   Finalmente decidió ir al mostrador y preguntar a la posadera.
   — Discúlpeme señora —preguntó Khiel humildemente.
   La anciana se le acercó y lo miró con asombro, pero después le dedicó una sonrisa.
   — Hola jovencito —le dijo la señora— ¿qué hace un chiquillo como tú a estas horas de la noche?
   — Verá, estoy buscando a tres personas, son poco mayores que yo, uno de ellos es rechoncho, un poco más alto que yo, el otro es de estatura normal parece fuerte y el último es alto, delgado y tiene el pelo de punta, ¿los ha visto?
   — Déjame pensar...  —dijo la anciana  mientras fruncía el ceño de su arrugado rostro y se cogía de la barbilla. — Sí, estuvieron cenando aquí, pero no estuvieron mucho rato, parecía que tenían mucha prisa, hasta se fueron sin acabarse la comida que habían pedido.
   A Khiel se le iluminó el rostro y mostró una gran sonrisa mostrando una gran alegría.
   — ¿De verdad? ¿Comentaron algo sobre adonde iban a ir?
   — No. Lo siento pequeño —le respondió la posadera.
   Toda la ilusión que se había llevado el chico se desvaneció de repente. Volvía a estar como al principio, ya no tenía ninguna pista en la que seguir, se le esfumó toda la esperanza que tenía.
   A Khiel le sonaron las tripas con tanta fuerza a causa del hambre que hasta aquella anciana se dio cuenta de ello. La posadera lo miró durante un breve rato con lástima.
   — ¿Tienes hambre chico? —le preguntó con empatía.
   — Sí, pero de verdad que lo siento mucho señora, no tengo nada conque poder pagarla —dijo Khiel mientras se ponía la mano en el estómago y agachaba la cabeza.
   — No te preocupes por eso jovencito, siéntate allí —dijo la anciana señalando una mesa vacía— voy a prepararte algo, los jóvenes necesitan comer mucho a vuestra edad para poder crecer sanos y fuertes.
 Khiel no se pudo creer lo que estaba escuchando, aquella anciana le había ofrecido comida a cambio de nada, estaba muy asombrado. Tal vez no todos los humanos despreciaban a los de su sangre después de todo.
   — Gracias señora, muchas gracias de verdad, le prometo que se lo pagaré de alguna forma— respondió Khiel.
   — No hace falta muchacho, ahora ve, siéntate allí y espera a que te traiga la comida ¿de acuerdo? —le dijo con delicadeza mientras que le mostraba una sonrisa.
   Khiel se sentó en una mesa y esperó impaciente a que le trajean la comida. Le costaba mucho mantener los ojos abiertos, tenía mucho sueño pero el hambre que tenía lo mantenía bien despierto.
   — ¡Maldito Rolan! —dijo uno de los hombres que estaba en la mesa de al lado— ¡Esta vez me las va a pagar!
    El muchacho se sorprendió y se dio la vuelta para verlos.
   — ¿Rolan? ¿Has dicho Rolan? Lo conozco, precisamente yo también lo andaba buscando... —dijo Khiel parándose en seco al ver la clase de hombres que eran.
   Eran los cuatro hombres que evitó mirar cuando entró en la posada. El que estaba hablando tenía la cabeza afeitada mostrando la gran cicatriz que sobre ella, era grande y fuerte, también tenía parte de la cara quemada y un ojo tapado por un parche, aquel hombre era tuerto. Vestía un peto de cuero tachonado y unos sobre hombros de acero que lo protegían. En los antebrazos tenía unos brazales de cuero negro los cuales tenían puntas de acero. Parecía peligroso. Otro de ellos era grande, todavía más que el primero, medía casi dos metros y además tenía un cuerpo muy ancho, con brazos gruesos y una barba negra que le llegaba hasta el pecho. Vestía una cota de malla que le llegaba hasta la cintura. Sobre sus hombros descansaban unas zarpas de piel  de oso de los cuales sus pantalones también se habían fabricado con la misma piel. No parecía ser de Ivermon. Y los otros dos restantes eran gemelos, muy delgados, con pelo corto, ojos oscuros y la cara llena de cicatrices. Ambos vestían armaduras de un grisáceo cuero.
   — ¿Eres amigo de Rolan pequeño elfo? —le preguntó el tuerto.
   Khiel se quedó boquiabierto y paralizado por el miedo, estaba muy arrepentido de a ver abierto la boca. Se culpó así mismo por ello.
   — No, de hecho me robó —dijo Khiel con una temblorosa voz.
   Los dos gemelos se miraron mutuamente e intercambiaron una malévola sonrisa mostrando unos dientes amarillos. Aquello hizo que le recorriera un escalofrío por todo el cuerpo y se pusiera aún más nervioso.
   — Así que te robó... —dijo el tuerto con una suave pero fría e intimidadora voz. Le clavó una mirada autoritaria con el único ojo que tenía obligándole a evadir aquel incómodo miramiento  —te robó y te dijo su nombre... qué curioso, no es normal que un ladrón diga su nombre cuando te ha robado, aunque viniendo de Rolan me puedo esperar cualquier cosa.
   A Khiel le temblaban las piernas, tenía ganas de salir corriendo de ahí pero sus temblorosas y castigadas extremidades no le respondían. Tal vez por el cansancio o porque tal vez estaba muerto  de miedo.
   Los hombres se levantaron de sus sillas  mostrando sus desgastadas armaduras de cuero y sus negras botas de placas.
   — Vamos a dar un paseo —dijo el hombre tuerto.
   — No gracias... de verdad... —decía Khiel aún sin poder mantener la mirada fija en la de aquel hombre—  además, la posadera me está preparando la ce...
   — No importa, solo vamos a tomar un poco el aire, será un rato nada más, —le interrumpió el hombre mientras le ponía a Khiel la mano en el hombro. Aquello provocó que se le erizara el pelo, pero la preocupación del elfo aumentó todavía más cuando se percató de que con la otra mano sujetaba un hacha que le llegaba hasta la cintura. —Será divertido.

   Recorrieron las calles de la aldea en dirección hacía la salida, Khiel estaba muy asustado, tenía ganas de salir corriendo y desaparecer de ahí, pero el hombre barbudo tenía una enorme ballesta con la que le podía disparar si intentaba huir, al ver aquel arma, su mente no dejaba de recordar el momento en el que un elfo oscuro le disparó con su ballesta a Ben y de que como su cadáver se desplomó contra el suelo.
   No había nadie por la calle a quien le pudiera pedir ayuda, las correderas de la aldea estaban desiertas, y aunque aquella noche, en aquel lugar y en esa misma hora alguien tuviese la desgracia de toparse con aquellos matones, poco se habría esforzado por ayudar a un elfo con cara de asustado.
   Al llegar a la salida dos guardias la estaban custodiando, aquello lo alegró, aunque sabía que a un guardia iverotano poco le iba a importar la vida de un elfo, también sabía perfectamente que no iban a dejar pasar por alto a un grupo de desconocidos armados hasta los dientes.
   Uno de los guardias, con extrema cautela, se aproximó hasta ellos desconfiado, puesto que apoyaba la palma de la mano en el pomo de la espada.
   — Buenas noches viajeros —dijo el guardia— no sois de por aquí, ¿qué se os trae en Prorharbol a estas horas de la noche?
   Hubo un incómodo silencio. Un silencio que duró poco, pero era tan incómodo que daba la sensación de que parecer una eternidad.
   — Hemos... venido a visitar esta tranquila aldea... —le dijo el tuerto mientras le dedicaba una sonrisa mostrando un diente de plata.
   El guardia examinó con una mirada sospechosa a toda la banda con cierta desconfianza ante sus ojos, después le miró a Khiel fijamente.
   — ¿A visitar la aldea chico? —le preguntó el guardia al joven elfo.
   El tuerto le apretó con fuerza en el hombro al muchacho con su mano izquierda mientras que con la otra sujetaba un cuchillo que lo amenazaba con la punta oculta tras su espalda.
   — Sí... señor... —le respondió Khiel con una temblorosa voz.
   El otro guardia inquieto, estaba revisando unos pergaminos que se le escurrían de las manos, lo hacía muy nervioso, pero no desistió en hacerlo hasta que dio con uno de ellos. Lo examinó detenidamente y después miró al tuerto. Su rostro palideció por completo. Respiró varias veces con profundidad como si se esforzase por mantener la calma.
   — Señor, venga a ver esto —dijo el guardia.
   El guardia con el que estaban hablando les dio la espalda y se dirigió a grandes zancadas hasta su joven compañero, después, con su mano enguantada, cogió el pergamino y lo examinó, al ver su contenido, su rostro delató su asombro. A continuación desenvainó la espada y se dirigió de nuevo a los hombres.
   — ¡Carlin el tuerto! —dijo el guardia mientras se acercaba hasta el opresor de Khiel— en nombre de Ivermon y por orden directa del senado quedas arrestado por triple asesinato.
   En aquel instante Carlin el Tuerto empuñó su hacha y de un rapidísimo movimiento le rebanó el cuello al guardia. La sangre de la víctima se desperdigó y en gran parte terminó salpicando la ropa y el rostro del muchacho.
   Carlin le pegó el tajo con tanta ferocidad que el cadáver del guardia dio un giro de noventa grados cayendo de frente contra el suelo y dejando un charco de sangre. El rojo carmesí de la sangre teñía de sangre todo el suelo. Incluso a esas horas de la noche se podía apreciar la fresca sangre recientemente derramada en el frío y humeante suelo de fango. El cuerpo del guardia dejó caer el pergamino que se posó a los pies de Khiel, entonces lo vio, era un cartel de <<se busca>> con el retrato de Carlin. En él decía: Carlin el tuerto, recompensa de 11.000 iderios por capturarlo.
   A Khiel se le heló la sangre cuando vio el cartel y aquella grandiosa recompensa por capturarlo. Dedujo que debía de ser un hombre muy peligroso para que ofrecieran una suma tan significativa por capturarlo.
   El otro guardia trató de desenvainar su espada pero el hombre barbudo no vacilo durante ningún instante y  le disparó con la ballesta en el pecho haciendo que la punta del virote atravesara su torso con armadura y todo. El virote se clavó en el tronco de un árbol dejando el cuerpo del guardia ahí colgado.
   Khiel se puso blanco, dio un grito de horror e intentó echar a correr pero Carlin le tenía bien sujeto.
   — ¡Elfo de mierda! ¡Tú no te vas a ir a ninguna parte! —exclamó Carlin.
   — ¡Por favor dejad que me vaya! ¡Juro que no diré nada lo prometo! —dijo Khiel desesperado mientras dejaba caer unas lágrimas por el temor que tenía.
   Uno de los gemelos lo silenció golpeándolo con una pequeña porra en la cabeza. Lo dejó sin conocimiento. En ese momento todo se volvió negro.

   El hombre barbudo lo llevaba acuestas apoyado sobre su hombro, doblado por la cintura iba maniatado, con una bolsa de tela negra puesta sobre la cabeza y un trapo atado sobre su boca para asegurarse de que no gritara ni pidiera ayuda.
   Cuando le quitaron la bolsa Khiel descubrió que le habían atado en un árbol en medio de un bosque. No tenía ni idea de donde se encontraba. Uno de los gemelos estaba apoyado en uno de los árboles. Con suma sutiliza, se quitaba con un cuchillo el sarro que tenía en los dientes. Su hermano gemelo mientras tanto, afilaba un cuchillo sin quitarle la vista al prisionero, lo hacía con una sonrisa, como si en cualquier momento se le dispusiera a despellejarlo y después destriparlo.
   Pero ahí estaba Carlin, delante de él, mirándole con sumo desprecio, la mirada su ojo sano no se despegaba del joven elfo. El hombre barbudo en cambio no se encontraba ahí.
   — Vaya, vaya, vaya... —decía Carlin— así que tú también eres amigo de Rolan.
   — No, no lo soy, solo lo conozco porque escuché su nombre cuando me robó —dijo Khiel casi sollozando— ni siquiera me cae bien.
   — No, no, no — decía Carlin mientras movía el dedo en forma de negación— no está bien que hables así de tus amigos. No creo que ni a Rolan, ni al erizo, ni al gordito les hiciera gracia oírte hablar tan mal de ellos.
   — Por favor, no me mates, yo no hecho nada lo juro —suplicó Khiel.
   Carlin le dio un puñetazo en la cara haciendo que su cabeza se golpeara contra el árbol al que estaba atado.
   — ¡Que me digas donde está! ¡Dímelo! ¡Habla de una maldita vez! —decía Carlin mientras le golpeaba varios puñetazos en la cara y en el estómago repetidas veces.
   Los gemelos observaban la escena con una sádica sonrisa, como si disfrutasen con lo que estaban viendo.
   A Khiel todavía le dolía el golpe que le había dado uno de los gemelos en la cabeza. No paraba de llorar al mismo tiempo que sangraba de la boca y la nariz. Un hilillo de sangre se le asomaba por la boca cada vez que la abría para gritar de dolor.
   — No lo sé, no lo sé —le suplicaba el elfo— por favor no sigas haciéndome esto, no le diré nada a nadie lo prometo.
   — ¡A mí no me mientas! —Decía Carlin mientras que le agarraba del pelo y lo golpeaba contra el árbol en el que estaba atado— ¿Sabes lo que me hizo tu amigo? ¡Sabes lo que me hizo!
   Khiel negó con la cabeza mientras seguía llorando con los ojos entrecerrados.
   Carlin se quitó el parche. Y mostró lo que le quedaba de un ojo chamuscado, lleno de suciedad y pus.
   — ¿Ves esto? —decía Carlin mientras que se señalaba con un dedo en el ojo chamuscado— tu querido amigo Rolan me hizo esto, abrasó mi ojo. Y desde entonces soy... Carlin el Tuerto. ¿Es curioso verdad?
    Carlin empezó a reír mientras que Khiel no le quitaba la mira de encima por lo asustado que se encontraba. Era una risa enfermiza. ¿Por qué a él? No le dejaban de ocurrir cosas malas. Una tras otra. Y cuando por fin tuvo algo de suerte y podía comer algo un perturbado y su banda le secuestraba.
   — ¿Pero sabes que es lo más divertido de todo? —decía Carlin mientras que reía entre dientes— que en algunos lugares ya me empiezan a llamarme Carlin el Sacaojos.
   Khiel no dejaba de intentar de respirar mientras que no paraba de jadear tratando de recuperar el aliento, estaba muy pálido, la sangre de la herida que le habían hecho en la cabeza empezó a deslizarse por el ojo y ya le estaba escociendo.
   Carlin deslizaba suavemente la punta de su cuchillo por la cara de Khiel, pero detuvo la punta del arma justo debajo del párpado de su ojo izquierdo.
   — Desde que me dejaron tuerto, me he fijado mucho en los ojos de los demás, ¿sabes? —Decía Carlin sin apartarle la mirada de su ojo de los de Khiel— ¿quieres saber lo que llevo en esta bolsa de cuero?
   Carlin cogió una bolsa de cuero que tenía atada a su cinto, la abrió y le mostró a Khiel lo que tenía en ella.
   En el momento en que Khiel vio el contenido de la bolsa el pánico se apoderó de su cuerpo y el pánico que le hizo sentir provocó que se orinase encima.
   La bolsa estaba llena de ojos, de todos los colores, algunos recientes y otros putrefactos, casi había una docena.
   Carlin vio como Khiel había manchado sus pantalones con la orina.
   — ¿Qué te pasa canijo? ¿Te has hecho pipí encima? ¿Acaso no te enseñaron tus papás buenos modales? El gato que me he comido esta mañana tenía más valentía que tú. Al menos él no se meó cuando lo despellejé vivo para después comérmelo. —Decía Carlin para burlarse de él. — Me parece que te voy a tener que dar una lección para que aprendas buenos modales.
   — ¡No por favor! No me hagas nada, haré cualquier cosa, cualquier cosa...
   — ¡Cállate!— dijo Carlin antes de propinarle una bofetada— ¡ahora voy a sacarte eso preciado ojo verde tuyo!
   Carlin empotró de perfil la cara de Khiel contra el árbol al mismo tiempo que le habría el ojo con el dedo pulgar e índice.
   — ¡No me hagas nada te lo suplico! ¡Por favor no me hagas esto! —decía Khiel mientras que veía como la punta del cuchillo se le acercaba cada vez más a su ojo
   En ese instante una especie de brillantes símbolos dorados aparecieron en el iris de su ojo.

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