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Perejil
y especias
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A
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ún era de noche cuando Khiel seguía corriendo. No sabía a donde iba,
solo iba de frente, sin rumbo, guiándose a ciegas con sus ojos de elfo y
fiándose únicamente de su instinto. Los gritos de la aldea en donde se había
criado cesaron porque ya se había alejado lo suficiente como para que sus oídos
no captasen aquellos tormentos. Jamás en su vida había estado tan lejos de su
hogar, aunque él no lo consideraba como tal, ya que había sido discriminado y
había sufrido grandes abusos por sus habitantes.
Al final se detuvo para recuperar el aliento,
jamás en su vida había corrido tanto como aquella vez, y tampoco antes había
sentido tanto miedo, la fatiga se había apoderado de todo su cuerpo, tenía
hambre, y pese a todo por lo que le los Algred le habían hecho pasar, sentía
lástima por ellos, nunca se imaginó que todo cuanto había conocido hasta
entonces acabaría así. Khiel siempre soñó con tener una aventura como la de los
personajes de los libros que leía, pero esta no se parecía en nada a esas
aventuras que desde niño anhelaba tener. Esta era oscura y macabra. Estaba
viviendo una pesadilla de la que no podía despertar.
El elfo miró a su espalda para asegurarse de que ninguno de los
atacantes lo había seguido. Pero de pronto escuchó un sonido. Un sonido tan
inesperado que lo obligó a permanecer en alerta y se le erizara toda la piel.
Caminó unos pasos hacia atrás esperando a que algún asesino que apareció en su
aldea se le manifestara para acabar con su vida de la forma más trágica.
— Por favor. No me hagas daño
—dijo el elfo asustado.
Tembloroso siguió caminando hacia atrás hasta que de pronto contactó con
algo afilado que le apuntaba en la espalda. Tal vez la punta de una espada o la
daga de un asesino que estaría dispuesto a degollarlo por detrás.
¿Acaso varios de aquellos incursores lo
siguieron hasta el bosque? No lo sabía con certeza.
— Por favor. No me matéis. Yo
no hecho nada malo —dijo el elfo sollozando.
No hubo respuesta.
De pronto un ratón de campo apareció entre la meza. Solo era eso. Un
ratón. Un simple e indefenso roedor le había asustado. No era ningún asesino
que le acechaba en la oscuridad. Después se dio la vuelta para ver quién le
estaba apuntando con un arma y descubrió que detrás de él no había nadie. Solo
era un árbol raquítico y esa arma que le apuntaba sobre la espalda no era más
que una rama de aquel árbol seco.
Sintió vergüenza por todo aquello. Se sentía un cobarde por huir de la
aldea, por asustarse de un ratón y de confundir a un pequeño árbol con un
asesino. No se parecía en nada a su héroe preferido.
Su
cuerpo sudoroso y tembloroso no era consciente de las heridas que tenía, y
tampoco del frío. El elfo estaba demasiado ocupado tratando de recuperar el
aliento para darse cuenta de aquello. Unos nubarrones que se aproximaban del
norte comenzaron a tapar las estrellas, el chico se sentía muy mareado, llevaba
mucho tiempo sin comer y había hecho un gran esfuerzo en huir hasta donde
estaba, no se sentía a salvo, pero estaba tan cansado que se arrastró su
fatigado cuerpo aun jadeante hasta un árbol, optó por sentarse y acomodarse
entre sus ramas. Después, sus verdes ojos dejaron caer unas lágrimas que se
deslizaron suavemente por sus mejillas. Se colocó las dos manos en la cara y a
continuación angustiado se echó a llorar como nunca lo había hecho antes hasta
quedarse totalmente dormido.
Khiel se despertó de nuevo en la pequeña aldea, seguía siendo de noche,
sentía frío y calor al mismo tiempo, no sabía cómo había llegado hasta ahí, su
espada había desaparecido, el cielo se había vuelto de un color rojo oscuro.
Pero de pronto unos nubarrones tan negros como la noche acompañados de una
bruma verde inundaron parte del cielo escarlata que iluminaba la aldea. Se
podía ver toda la masacre que albergaba.
Todos los aldeanos estaban muertos. Apilados
unos encima de otros. Otros estaban ahorcados y algunas de sus cabezas estaban
separadas de sus cuerpos clavadas en unas lanzas.
El muchacho estaba aterrorizado al ver toda aquella masacre. No solo le
pareció una carnicería sino que también parecía ser una profanación para adorar
a algún dios oscuro que desconocía. De pronto apareció el jinete que
anteriormente le había intentado estrangular con el látigo. Tenía las tres
flechas que le dispararon clavadas en el pecho, a su corcel negro le habían
salido cuernos de demonio y unos colmillos de lobo empapados de sangre fresca,
al jinete le brillaban los ojos de un color rojo escarlata mientras alzaba una lanza con la hoja negra
hacia el cielo. La luna se había vuelto roja como si toda ella se hubiera
manchado de sangre.
Khiel se sobresaltó, le sudaba todo el cuerpo y echó a correr presa del
pánico que sentía. Al indefenso muchacho le recorrió un escalofrío por la
espalda al darse cuenta de que el jinete lo perseguía con su demoníaco corcel
como una bestia detrás de su presa se tratase.
El elfo huyó al sotobosque. Se adentró entre los árboles. Todo estaba
oscuro y todas las plantas se habían vuelto negras, atravesó un campo de maleza
y zarzas. Las plantas, la maleza, las zarzas y los arbustos le hacían profundos
cortes desgarrándole la piel y castigándole con profundas heridas cuando trataba de
atravesarlos, sus vestiduras se habían teñido de sangre.
Una vez atravesado aquel siniestro bosque, el joven elfo se sobresaltó
al ver que había llegado otra vez hasta Sacua. No pudo creerse lo que estaba
viendo. Había corrido en dirección contraria a la pequeña aldea y se había
encontrado de nuevo ahí.
El jinete y su infernal montura le pisaban los talones, ya casi podía
sentir el aliento del animal sobre su nuca provocando que al muchacho se le
erizara la piel. El aliento le sabía a sangre. Tropezó con una piedra y cayó al
suelo estrepitosamente. Entonces el jinete alzó su lanza y se la clavó en el
abdomen atravesándole el cuerpo entero, un insoportable dolor le recorrió todo
el cuerpo al mismo tiempo que la sangre brotó por su boca.
Khiel se levantó de un salto a causa de
aquella pesadilla, aún tenía la sensación del sabor a sangre sobre su paladar,
tenía la ropa empapada de agua por la llovizna que hizo durante la noche mientras
que permaneció dormido, seguía hambriento, se sentía mareado y le dolía la
cabeza. Pero para su sorpresa tres figuras estaban delante de él.
Uno de ellos estaba agachado justo en frente de él y descubrió que había
cogido la espada que tomó de la biblioteca aún envainada en su mano, era joven,
apuesto, no mucho mayor que él. Tenía los ojos azules, pelo negro y oscuro con
barba de una semana. Vestía unas botas de piel.
Tenía las manos sucias y sobre ellas mostraba algunos callos. Llevaba
puesto unos pantalones marrones y una camisa grisácea la cual en otros tiempos
había sido blanca. Sobre su cuello colgaba un collar el cual tenía un colmillo.
El otro era algo más bajito que el primero, de la misma edad, con algo
más de peso, un ondulado cabello de color castaño claro y unos ojos de color
miel. También vestía unas botas, como el primero, aunque estaban más desgastadas.
Tenía un cinturón de cuero el cual dejaba ver varios bolsillos. Y su torso era
cubierto por un atuendo de tela muy común entre la plebe.
El último era el más alto de los tres, pero también el más delgado, era
pálido, tenía el pelo oscuro y de punta, sus ojos eran azules y un pañuelo del
mismo color que sus ojos rodeaba su cuello. Tenía las manos arremangadas
mostrando sus blanquecinos antebrazos y unos pantalones de un descolorido color
negro.
— Rolan, se ha despertado
—escuchó decir a uno de los jóvenes.
Antes de que el chico pudiera hacer o decir nada vio como un puño se
aproximaba propinándole un golpe en la cara y dejándolo sin conocimiento.
Khiel se despertó con un ojo
morado. Miró a su alrededor y no había nadie, su espada y su libro habían
desaparecido. Era todo lo que tenía. Se sintió realmente furioso al darse
cuenta de que le habían robado. ¿Pero porque harían algo así? El ni siquiera
debería de estar ahí. Si en Sacua no hubiera sufrido aquella masacre el
seguiría allí. A esas horas de la mañana ya se abría levantado para ordeñar las
vacas. Por lo menos le habría dado un bocado a un trozo de queso y a un pan duro para saciar su apetito.
Y en vez de eso. Estaba perdido en un bosque, le habían robado, y además le habían propinado un fuerte golpe
en la cara.
El elfo se llevó la mano al estómago cuando de pronto le sonaron las
tripas a consecuencia del hambre que experimentaba. No había cenado desde el
día anterior y además por la posición del sol ya sabía que el mediodía estaba
cerca, llevaba demasiadas horas sin comer para sentirse con fuerzas como para
seguir caminado. Pero no podía permitirse quedarse ahí lamentándolo.
Debía de buscar a los ladrones y rápido, pero
no sabía ni por dónde empezar.
El suelo del sotobosque aún estaba húmedo por
la llovizna que hizo durante la noche, la hierba era joven y fresca, las flores
habrían sus pétalos para alimentare de los rayos del sol primaveral, los
pájaros piaban y buscaban alimentos para sus crías y de vez en cuando se escuchaba
el graznido de algún cuervo que deambulaba por la proximidades. El elfo se preguntó
de qué tal vez era mejor que hubiese sido un pájaro. Viviendo en la ignorancia
preocupándose únicamente de buscar lombrices. Ante todo, se dio cuenta de que
era un día realmente precioso.
Se dirigió corriendo en una dirección sin
saber ni siquiera a donde iba, temía no hallar ninguna salida, pero era la
única opción que le quedaba.
El elfo no se detuvo hasta que escuchó los
pasos de un animal tirando de un carro de madera. Se dirigió corriendo en
dirección al lugar en donde se escuchaba el sonido y descubrió un camino
empedrado y una vieja mula arrastrando un carro de madera lleno de paja
conducido por un viejo hombre.
El anciano llevaba un atuendo gris, tenía un arrugado rostro, era casi
calvo y tenía ojos grises. Estaba fumando hierbas con una pipa echa de madera
de encina.
Khiel se le acercó jadeando he intentado
recuperar el aliento.
El anciano paró el carro y
forzando sus cansados ojos miró al muchacho de arriba abajo un tanto asombrado.
— ¿Querías algo joven? —le
preguntó el anciano fijándose en el ojo morado que tenía y sorprendiéndose al
mismo tiempo por ver a un elfo.
— Sí, —consiguió decir Khiel
cuando recuperó al fin el aliento— ¿Ha visto a tres jóvenes más o menos de mi
misma edad por aquí?
El anciano se detuvo un momento y frunció el ceño haciendo que sus cejas
grises se hicieran una sola, pensativo con la mirada perdida, le dio una
chupada a la pipa y después lanzó un aro de humo. A continuación miró a Khiel
una vez más.
— Sí —contestó al fin el
anciano— parece que se dirigían a Nubría.
— Gracias —dijo Khiel mostrando
una sonrisa de alivio ante su rostro— ¿En qué dirección se encuentra?
— Sigue este camino hacia el
norte. No tiene pérdida, se encuentra a menos de dos kilómetros.
—le señaló el anciano mientras
que le indicaba el camino con la pipa en la arrugada mano.
— Gracias, no sabes de la ayuda
que has sido para mí —le dijo Khiel con humildad.
El elfo se dirigió aún fatigado en la dirección que le había dicho el
anciano.
El viejo hombre lo miró durante un breve
instante, examinándolo detenidamente. Después se sacó la pipa de la boca una
vez más para poder hablar.
— Chico —comenzó a decirle el anciano— yo
también me dirijo en esa dirección, si lo deseas podría llevarte hasta allí.
Pareces fatigado.
Khiel no pudo creerse lo que acababa de oír, eran una de las pocas
palabras amables que le habían dicho en su vida.
— ¿De verdad que harías eso por
mí? —dijo Khiel asombrado.
— Por supuesto jovencito, a la
vieja Clarisa y a mí no nos importaría nada ¿verdad? —decía el anciano mientras
que daba unas palmadas a la vieja mula.
Khiel agradeció al anciano que le llevara hasta Nubría.
Nubría era otra de las muchas aldeas, poco mayor que Sacua, se ganó su
fama por la reputación que de sus granjas, pero lo que más destacaba era en el
perejil que tenía, un perejil tan bueno que los mejores cocineros y los nobles
se tomaban la molestia de viajar hasta allí solo por las especias que se
cultivaban los granjeros de esa aldea.
Khiel llegó justo en la época de la cosecha, los días de primavera en
que todos los granjeros mostraban sus mejores cosechas y plantaciones que
habían estado cultivando durante todo el año. Además, todos los granjeros de la
comarca y de sus inmediaciones aprovechaban la ocasión para viajar hasta ahí
por la presencia de los mercaderes, que venían a hacer compras para hacer sus
negocios.
Al llegar la aldea, el elfo
pudo ver que en la entrada había una paloma negra con manchas blancas encima de
un cartel de madera en el que decía: Bienvenidos
a Nubría, en estas dos semanas celebramos el festival de la cosecha.
Khiel se despidió de aquel
anciano y le volvió a dar las gracias por su amabilidad, pero antes de que se
fuese le aconsejó que dirigiese al festival, ya que era el lugar más idóneo
para encontrar a alguien.
El elfo no había desoído aquel consejo y entró en una calle repleta de
mercaderes de todas las zonas del reino, algunos vendían verduras y especias, y
también había quien vendía armas y armaduras para algún afortunado con dinero
que pudiera permitirse comprarlos en aquellos tiempos de guerra y pobreza.
Toda la gente de la zona miraba a Khiel con desprecio y desconfianza,
pero eso a él no le importaba, porque en Sacua le pasaba lo mismo y ya estaba
más que acostumbrado a la discriminación y a las malas miradas.
Hubo tiempos en los que los enanos, elfos y gnomos viajaban por Ivermon con
total libertad, al igual que los humanos viajaban por sus tierras. Pero los
últimos acontecimientos de la guerra habían hecho que unos desconfiaran de los
otros y las embajadas habían sido abandonadas. En los últimos tiempo ver a
elfos caminar por las tierras de los humanos era muy inusual por no decir que
podía ser de lo más extraño.
Al fin vio a los tres ladrones, los encontró delante de un mercader y
pudo apreciar como el ladrón que le pegó el puñetazo intercambiaba la espada
que le había hurtado a cambio de una bolsa de monedas. Mientras tanto, en la
tienda de al lado, el ladrón de pelo castaño y ondulado olfateaba el aroma de
unas especias y posteriormente le compraba un frasco de perejil al granjero que
regentaba aquel puesto.
El ladrón de pelo de punta, jugueteaba con una moneda de plata, la
pasaba de un dedo a otro como si fuera un juego al que había invertido muchas
horas. Lo hacía con suma maestría. Cuando sus desconfiados ojos se fijaron en
la multitud descubrieron que Khiel los había encontrado e instantáneamente le
hizo un gesto a su compañero para advertirle que el elfo estaba allí.
Cuando el ladrón vio a Khiel
mostró un gesto de desprecio.
— ¡Vosotros! ¡Ladrones! —Exclamó
Khiel enfurecido a su vez que los señalaba— devolvedme mi libro y mi espada.
Los tres ladrones intercambiaron miradas de
asombro. Medio mercado los observaba
atentamente, sin bajar la guardia, habían oído la palabra “ladrón” y
permanecían alerta vigilando sus pertenencias y con una de sus manos apretando
con fuerza sus bolsas de monedas. Temían que se las robaran. En los últimos
años la guerra había empobrecido considerablemente el reino de Ivermon y el
hambre y la pobreza había hecho que hubiese más delincuencia en las calles de
las aldeas, pueblos y ciudades.
El ladrón que lo golpeó se dirigió junto con sus compañeros a grandes
zancadas hasta Khiel. No les pareció importar que los granjeros y mercaderes
los estuvieran observando. No se detuvo hasta posicionarse cara a cara con él,
provocó que el elfo intimidado retrocediera medio metro delatando su escaso
valor.
— Creo que me quedaré con tu
libro y con el dinero que he ganado vendiendo tu espada —dijo el ladrón
mostrando una sonrisa de burla y arrogancia.
— ¿Tu eres Rolan verdad? —Le
dijo Khiel— pues quiero que sepas que me sé tu nombre y que como no me
devuelvas lo que me habéis robado pienso denunciaros a las autoridades —les
amenazó esperando que se disculparan y le devolvieran lo que le robaron.
Los tres ladrones se miraron mutuamente intercambiando miradas, después
miraron a Khiel y estallaron a carcajadas.
— ¡A las autoridades dice...!
—Dijo Rolan balbuceando en mitad de la risa.
— ¿De dónde ha salido este
personaje? Me meo de la risa, no puedo más... —dijo el ladrón de pelo de punta
sin parar de reír.
— ¿A quién nos vas a denunciar elfo? ¿A la
guardia? —Le dijo Rolan en tono de burla. — Si ni siquiera prestan ayuda a los
que de verdad lo necesitan como para ponerse a ayudar a un sucio y andrajoso
elfo. ¡No te harán ni el más mínimo caso porque nadie confía en un elfo! ¡Solo
eres escoria! ¡Un saco de mentiras y de falsas promesas con pactos rotos al
igual que los de tu maldita raza!
Rolan cogió de la cintura a sus dos
compañeros. Después se giraron y le dieron la espalda como si el elfo fuera un
mendigo al que repudiaban.
— Vamos señoritas —dijo Rolan—
nos vamos a la posada del Tejón
Malhumorado. ¡El elfo del ojo morado nos invita a un gran festín!
Khiel observó cómo los tres ladrones desaparecían a carcajadas entre la
multitud. La muchedumbre ya se había desinteresado de lo ocurrido y habían
vuelto a sus tareas.
¿Cómo era posible todo aquello? Le habían robado y golpeado. Y por si no
fuera poco se habían mofado del él. Eso era inadmisible. ¿Cómo le podían haber
hecho todo eso? El no merecía ser tratado de aquella manera. Respiró hondo y
apretó fuertemente los puños.
<<De eso nada, os seguiré
hasta donde haga falta si es necesario para recuperar lo que es mío>>
—pensó Khiel.
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