martes, 5 de junio de 2012

Cap.4 Tejón Malhumorado

                                      
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Tejón Malhumorado

K
hiel se paseaba por Nubría buscando la posada que había oído mencionar al ladrón; El tejón malhumorado. La guardia y muchos de los campesinos del pueblo no eran diferentes a aquellos que estuvieron en el mercado, lo seguían mirando con desprecio y desconfianza.
   Los  rayos del sol ya se asomaban atravesando las blanquecinas y esponjosas nubes, la brisa de la primavera traía un dulce aroma de las jóvenes flores que florecían junto a la fresca hierba y en las ramas de algunos de los árboles. Casi podían ocultar el hedor de los cerdos que se paseaban al libre albedrío.
   El suelo y los caminos la pequeña aldea estaban marcados con numerosas pisadas que yacían en el fango mezclado con algunas heces de animales. La tierra del suelo estaba húmeda y olía a orines de oveja y caballo. La tierra aún seguía algo húmeda por la llovizna que hizo durante la noche.
   La mayoría de las casas de Nubría eran granjas de madera, en donde los granjeros y campesinos cultivaban sus especias para luego venderlas en el mercado. No había una granja que no tuviera una plantación.
   Khiel desesperado estuvo preguntando a todo el que se cruzaba por el camino en  donde estaría la posada de El Tejón Malhumorado, algunos lo ignoraban completamente y ni se dignaban a responderlo, otros negaban con la cabeza y decían falsamente no saber en dónde se encontraba, ni siquiera los guardias trataron de ayudarle incluso después de a ver mencionado que fue víctima de un robo. Uno de ellos hasta le amenazó con propinarle una bofetada si no se apartaba de su vista.
   El muchacho se arrepintió de no a ver seguido la pista de los ladrones hasta la posada cuando tuvo la oportunidad, le daba miedo ir tras ellos y de que alguno, asqueado, se diera la vuelta y le propinase otro golpe. Pero al fin tuvo algo de suerte, una granjera que llevaba una cesta llena de cebollas y zanahorias se dignó a responderle y darle unas indicaciones para llegar a la posada.
   No tardó mucho en llegar a la posada, estaba en el centro de la aldea, situada en una pequeña plaza que tenía un pequeño jardín con árboles y bancos de madera en donde poder sentarse.
   Las ventanas de la posada eran de vidrio amarillo y tenía un viejo cartel de madera con un tejón de color rojo, la posada no era muy grande pero tenía dos grandes puertas de madera en la entrada.
   Nada más entrar dentro de la posaba la examinó de arriba abajo para ver si encontraba a los tres ladrones, y ahí los encontró comiendo y bebiendo en una vieja mesa de madera. Estaban disfrutando cordero asado, acompañado de un pan de leña recién hecho, a Khiel se la caía  la baba, viendo cómo se llevaban a la boca ese manjar de carne, crujiente pero al mismo tiempo sabrosas, con un punto de sal, con ajo frito y picado que le daba un toque de sabor. No había comido desde la mañana anterior y le sonaban las tripas. Ver toda aquella comida fuera de su alcance le hizo recordar los “lujos” que se  perdía con los Algred aunque no le dejaban entrar en la cocina y solo de dieran de comer  las sobras que dejaban en sus comidas. Sin duda se estaban dando un gran festín a su costa, la carne era el alimento más caro que  pudiera haber.
   Los ladrones se percataron de que Khiel los había encontrado de nuevo. Cuando Rolan alzó la cabeza para tomarse las ultimas gotas de su jarra de cerveza y vio que el elfo los había encontrado hizo un gesto de agobio.
   Se le quedaron observando durante unos instantes hasta que finalmente Rolan se levantó de la mesa y se acercó a Khiel a grandes zancadas.
   — ¿Pero qué es lo que pasa contigo? —Preguntó Rolan aún con algo de comida en su boca— ¿tú nunca te cansas?
   — No, y estaré detrás de vosotros hasta que me devolváis mi libro y mi espada.
 Rolan suspiró profundamente, miró hacia el suelo y después clavó su mirada en los ojos verde esmeralda de Khiel, después dirigió su mirada a sus compañeros que los observan atentamente.
   — Está bien, mira, —comenzó a decir Rolan— puede que no hayamos sido buenos contigo, y puede... que me pasara un poco con aquel puñetazo que te he pegado...
   — ¿Solo un poco? ¿Has visto como me has dejado el ojo? Todavía me duele. —se quejó el elfo señalando su lesión.
   — Mira, acepta mi invitación, ven a comer con nosotros —dijo Rolan mientras le ponía la mano en el hombro.
   — ¿Y qué pasa con mi espada? ¿Y mi libro?
   — Escucha, —continuó Rolan— tu come con nosotros, pareces hambriento y visto lo visto, invitarte a comer es lo mínimo que podemos hacer por ti. Y no te preocupes por la espada, después de comer negociaremos una manera en la que podamos pagártelo. ¿Qué me dices?
   Rolan extendió su brazo para darle la mano a Khiel. El elfo dudó durante un momento pero al final le estrechó la mano a la vez que sonreía.
   — Está bien, trato hecho —dijo Khiel lleno de emoción.
   Aquel joven le dedicó una sonrisa de oreja a oreja.
   — Muy bien, así me gusta, tu sí que sabes negociar, ahora ven con nosotros —le invito Rolan mientras se lo llevaba consigo hasta la mesa en donde estaban sus compañeros.
   Khiel se sentó junto a Rolan, pese a lo que le pasó en la noche anterior en Sacua y lo de aquella mañana empezó a sentirse contento, se sentía aceptado con esa gente pese a lo que le habían hecho.
   — ¡Posadero! ¡Agua fresca y cordero para mi fiel compañero! —dijo el ladrón mientras que alzaba y agitaba la mano en señal invitación.
   En la posada no había mucha gente. Solamente estaba el posadero, un hombre en la barra borracho sentado en un taburete de madera con un vaso lleno de licor, y dos mercaderes comiendo codorniz acompañado de vino en una mesa como la de ellos.
   Al llegar el posadero le sirvió una jarra de agua con un vaso y un plato de madera con el cordero. El posadero era un tipo muy grande, con brazos anchos y peludos y con la cabeza afeitada, tenía una nariz grande y respingona que se le disimulaba con su largo y puntiagudo bigote.
   Nada más servir el plato, Khiel se arremangó y se abalanzó sobre la comida devorándola presa del hambre que tenía.
   Todos lo miraron asombrados por la manera en que se estaba comiendo aquel delicioso plato fruto del hambre que sentía. Era obvio, llevaba mucho tiempo sin comer.
   — Deja que te presente a mis leales compañeros, —comenzó a decir Rolan ignorando la manera en que Khiel devoraba la carne— el rechoncho que tienes delante se llama Baco, si estamos aquí es por él, es nuestro bardo y cocinero, el cordero que estás comiendo ahora no es nada comparado con lo que pueda cocinar él, sin sus platos y sus cuentos populares, nuestro “equipo”, por llamarlo de alguna manera, no sería el mismo y sería todo más aburrido.
   —  ¿Equipo? ¿Sois una especie de banda o algo así?  —preguntó Khiel mientras comía sin parar.
   — Oye, oye, no hables con la boca llena y mastica con la boca cerrada ¿quieres? ¿Acaso no te han enseñado modales? —dijo el otro ladrón mientras jugueteaba con su moneda de plata mientras se la pasaba entre los dedos.
   — Perdónale —dijo Rolan después de dar un sorbo a un vaso de agua— ese es Zaisti, tu no le hagas caso, es muy quisquilloso. Es un experto jugador de cartas, y no hay cerradura que se le resista. Siempre tiene un as bajo la manga.
    Acto seguido Zaisti hizo un movimiento con la muñeca y se sacó un as de diamantes de la manga.
   Khiel se llevó otro gran trozo de carne a la boca y lo tragó casi sin masticar.
   — ¿Y tú qué? ¿Cómo te llamas? ¿Y que hace un elfo como tú por estos lugares? Ya no es muy habitual ver a tu gente por estas tierras —preguntó Baco.
   — Me llamo Khiel y lo cierto es que mucha gente me hace la misma pregunta, y la verdad, es que no lo sé, —dijo el elfo mientras cogía un trozo de pan y se lo llevaba a la boca— una familia de Sacua me encontró a orillas de un río sin conocimiento cuando era muy pequeño, nunca he conocido a mis verdaderos padres, siempre he...
   — Un momento —interrumpió Zaisti— ¿eres de Sacua?
   — Sí, unos tipos con vestiduras negras vinieron a la noche y...
   — Estamos enterados de lo que pasó —le interrumpió Rolan— los elfos oscuros atacaron la aldea, y lo más extraño es que mataron a todos los campesinos. No hicieron prisioneros. Fue una autentica masacre, todo el mundo habla de ello.
   — ¿Extraño por qué? —Preguntó Khiel— lo poco que sé de ellos es que son los descendientes oscuros de los altos elfos y que son unos mortíferos atacantes y unos despiadados asesinos. No había mucha información en la biblioteca de la finca en donde me había criado, desde que tengo memoria trabajé en ese lugar como un vulgar siervo hasta ahora.
   — Así que eres una rata de biblioteca... has estado viviendo debajo de una piedra ¿verdad? Se nota que no viajas mucho. La gente tiene miedo hasta para hablar de ellos. Los elfos oscuros entran a nuestras tierras a capturar a la gente y usarlas como esclavos para sus fines oscuros, para ellos no somos más que ganado —dijo Zaisti mientras untaba mantequilla en un trozo de pan —es lo único que se sabe, una vez que se llevan a la gente no se sabe más de ellos.
   — Atacaron a gente inocente, a hombres, mujeres y niños que no podían defenderse —dijo Baco mientras apretaba con fuerza el vaso— hubo muy pocos supervivientes, no sabes la suerte que tienes de seguir con vida.
   — Lo que yo no comprendo es que hacían tan al sur, normalmente llegan con sus arcas negras y atacan por el norte, y lo más extraño de todo es la presencia de los altos elfos, se supone que ya no son aliados Ivermon —dijo Rolan mientras se llevaba el último trozo de comida a la boca.
   Khiel no dejaba de mirar a un cuadro que había en la posada. Tenía un marco de madera de pino tallado a mano, y  mostraba el dibujo de un océano en pleno amanecer. Nunca había visto algo así, ni siquiera en la colección de arte que poseía Tomas.
   — Parece que sabes apreciar el arte ¿verdad? —dijo Baco mientras el también observaba el cuadro— es un gran lienzo, una maravilla para la vista, pero es algo que no se sabría apreciar en un antro como este, en el que por las noches, se llenan de borrachos endebles.
   — Lo cierto es que en la finca donde trabajaba había muchos cuadros, y de una gran colección sin duda —dijo Khiel sin quitarle la mirada de encima— pero este se lleva la palma.
   — En fin  —dijo Rolan mientras se estiraba y daba un largo bostezo— ¿Puedes ir a por agua? después de este atracón que nos hemos dado estamos muy sedientos.
   — Por supuesto, ¿porque iba a negarme?, al fin y al cavo parecéis buena gente —dijo Khiel entusiasmado.
   Mientras que el elfo se levantaba escuchó a Zaisti decir algo de ir Prorharbol pero no le hizo mucho caso. Fue como un susurro que entro por sus oídos y se perdió en su memoria.
   El joven elfo se dirigió a la barra en donde estaba el posadero mientras que le llevaba la jarra vacía.
   — Sírvame agua por favor —le dijo Khiel al posadero.
   Aquel hombre ni siquiera le hizo el amago se servirle la jarra. Únicamente le miraba fijamente a los ojos, con gran desprecio mientras que limpiaba un plato con un paño húmedo.
   — Te lo serviré cuando me pagues la cuenta —le contestó el posadero con una tonalidad hostil.
   — No te preocupes por eso, aquellos tipos de ahí lo van a pagar todo —dijo Khiel mientras señalaba la mesa vacía en donde habían comido.
   — ¿Qué tipos? ¿Tus amigos que se acaban de ir a hurtadillas?
   Khiel se volvió y miró a su espalda, para su sorpresa descubrió que ya no había nadie, la mesa estaba vacía, los ladrones ya se habían ido, se habían esfumado, habían dejado a Khiel solo y con una deuda pendiente ante el posadero. Habían vuelto a engañarlo.
   ¡Ingenuo! Ingenuo además de necio. ¿Cómo podía haberse fiado de aquellos ladrones después de lo que le habían hecho? Le habían vuelto a engañar. Le habían estado manipulando con un gesto generoso y amables palabras hasta que mordió el anzuelo. Cayó en esa patética trampa. Se sentía como un estúpido. <<Maldito Rolan, ha vuelto a engañarme>> —pensó Khiel.
   — Oye, ellos dijeron que pagarían la comida, y además, ni siquiera son mis amigos —balbuceaba el elfo en mitad de lamentos.
   — ¿Estás seguro? —Dijo el posadero— recuerdo perfectamente haber oído decir a uno de ellos que eras su “fiel compañero”. A sí que mocoso, deja de tomarme el pelo y paga la cuenta de una vez. Me debes treinta iderios de cobre.
   Treinta iderios de cobre. Eso era mucho para Khiel. Era demasiado dinero para casi cualquiera. En aquellos tiempos de guerra mucha gente se había quedado sin dinero como para poder permitirse pagar una comida en una posada. Se acababa tomar un lujo que muy pocos habrían podido pagar.
   El iderio, la codiciada moneda de Ivermon. Algunos hasta mataban por hacerse con aquellas monedas de diferente tamaño y valor. Todas ellas gozaban de tener en una de sus caras el símbolo de los cuatro pétalos blancos de Ivermon, mientras que en la otra cara estaba el rostro del rey William. Acababa de abandonar Sacua y ya estaba endeudado.
   —Te estoy diciendo la verdad —dijo Khiel mientras empezaba a ponerse nervioso— lo cierto es que vine aquí a buscarlos porque me robaron.
   — ¡Mira renacuajo insolente! ¡Deja decir tonterías! O pagas la deuda o llamo a la guardia y lo solucionamos en un momento.
   — No por favor, —suplicó Khiel— te lo ruego, ¿no hay otra manera en la que podamos negociar este malentendido?
   El posadero miró a su alrededor observando a la muchedumbre que acababa de entrar en la taberna, después miró de nuevo al muchacho mostrando una sonrisa.
   —Ya lo creo que sí...
   Para poder pagar la deuda Khiel tuvo que trabajar durante todo el día hasta casi media noche, sirviendo comida y bebida a hombres borrachos que no dejaban de insultarle y arrojarle su bebida además de escupirle. El posadero fue muy grosero con él, le hizo trabajar más de lo que valía la cuenta y sacó el mayor provecho y beneficio de ello. Cuando hubo terminado el día Khiel estaba agotado, tenía hambre de nuevo y el posadero se negó a darle un solo bocado. Ni siquiera le dejó que se llevara un trozo de pan duro. El posadero afirmó que prefería dárselo a los cerdos antes que acabase en su estómago. Todo era culpa de Rolan y sus amigos. Por culpa de ellos lo estaba pasando así de mal. ¿Pero que les había hecho el para que le hicieran todo aquello? ¿Acaso no tenían suficiente con haberle robado? El no hizo nada malo. No merecía ser tratado de esa manera.
   Dejó de comparecerse de sí mismo y decidió centrarse en sus objetivos. Cuando saliera de la posada tendría que volver a buscarlos. ¿Pero por dónde empezaría? ¿En Prorharbol tal vez?
    Era casi media noche cuando dejo la posada. Aprovechó un despiste del posadero para escabullirse y escapar de aquella tortura. Pero no sin antes echar un último vistazo al cuadro de la posada. Era impresionante. Un regalo para la vista sin duda. Y ahí estaba. Un buen cuadro en el que muy pocos se fijarían. Olvidó tales pensamientos y salió de la posada al exterior de las calles. No había ningún alma. Se frotó los brazos porque hacía viento fresco. La primavera acababa de empezar y los indicios del invierno aún no se habían esfumado.
   No sabía a donde debía dirigirse, pero parecía que la suerte que le ofreció el destino le había sonreído de nuevo. Un comerciante que iba montado en un carro arrastrado por una mula llevaba como mercancía unos barriles de madera llenos de cerveza en el que tenían puesto una etiqueta que ponía  Prorharbol.  Se dirigió al carro con sumo sigilo, nadie vio cómo se coló y se ocultó entre la mercancía. Se agachó y se escondió entro los barriles haciéndose casi invisible. Esconderse se le daba muy bien. No quería arriesgarse en pedir ayuda al comerciante, puesto que no tenía nada que ofrecerle y la desconfianza que alertaría al mercader negaría al muchacho viajar con él.

   Tenía un nuevo objetivo, llegar a Prorharbol y encontrar a Rolan y sus amigos. Pero esta vez no lo engañarían. Había aprendido a ser menos ingenuo y más desconfiado. No, de ninguna manera lograrían volver a engañarlo. Esta vez no, y Khiel estaba seguro de ello.

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